Había que rasparse las manos

Nos salimos del camino porque somos así, como cabras, y, de repente, barro, mucho barro. Lo que parecía pradera firme era en realidad un lodazal. Seguimos porque darse la vuelta a esas alturas parece peor opción y un poco más adelante es posible reconectar con el camino. Al poco rato una pareja se nos cruza en sentido contrario, tienen barro hasta las rodillas, se vuelven porque es “imposible continuar sin empaparse”. Nos detenemos y valoramos el terreno. Unos metros más allá hay una pared rocosa. Miradas cómplices. ¿Y si intentamos pasar trepando? Las rocas pueden ser barrera u oportunidad/reto/vía de acceso, todo depende de la perspectiva de quien mira. De repente tenemos una nueva opción: lodazal, dar la vuelta o intentar salvar las rocas. Sin dudarlo mucho tiramos hacia las rocas con una pizquita de emoción en las tripas. ¿No es esa la pura esencia de la escalada -pienso-, poder moverse en el terreno cotidiano? Total, que comenzamos a trepar y resulta que, para sorpresa nuestra, justo encima de las rocas encontramos un senderito que conecta directamente con el camino principal. El sendero secundario no se veía si no trepabas las rocas. Si no trepabas las rocas, todo parecía lodazal. Había que pisar el barro, tomar un atajo y rasparse las manos un poco para volver al camino, pero el camino estaba ahí, justo delante.

El hype

Cuando descubro algo me entra un ansia increíble por saberlo absolutamente todo. Leo revistas, blogs, redes, foros… todo parece poco. Necesito rellenar los huecos. Impregnarme hasta el tuétano. A veces me asusto, pienso ¿me cansaré cuando se me pase el hype? ¡No quiero que se me pase el hype! Me aferro al hype, a la adrenalina, al subidón. Surfeo la ola, me mojo en un mar de agua dulce. Me dejo secar al aire. Leo sobre nudos que no he hecho, sobre ascensiones que no sé si haré. Quiero saber los tipos de escalada, las diferencias entre ellas, ¿cómo se escala en una fisura? ¿Cómo se monta una reunión para varios largos? ¿Qué diferencia un mosquetón hms de uno no hms? Quiero quedarme y quiero moverme, conocer la roca local, y la lejana. Tocar, tocar, tocar, quiero tocar las texturas, los recovecos, quiero que mis manos recojan la información del terreno, que mis nervios envíen impulsos a mi cerebro y que éste los decodifique y me diga qué es lo que estamos tocando, qué nos parece, qué nos hace sentir. Quiero escalar en la Pedri y en Frankenjura, en Albarra y en Fontainebleau. Quiero escalar con amigas y amigos, quiero tocarlas a ellas también, aprender de ellas, flipar viéndolas, sentir maldito orgullo y maldita suerte, y preguntarles: ¿Cómo narices has hecho eso? ¡Enséñame! Quiero que se me pase el hype y volver a encontrar un nuevo hype cada vez que toco la roca, cada vez que una amiga me escribe y me dice: “Tía, ¿nos vamos al campito juntas a escalar y comer rico?”.

Sabes lo que haces

Después de una mañana intensa hacemos la última vía del día. Ya hace un poco de calor y el sol amenaza con cubrirnos en breves, pero la vía es fácil y además solo tengo que subir de segunda y desmontar el descuelgue. Sin embargo, al empezar a escalar me doy cuenta de que ya estoy cansadísima y fatigada, las presas se me resbalan, se me olvida quitar la cuerda de algunas cintas y tengo que retroceder varias veces para hacerlo porque así no puedo seguir. Al fin llego pero, ups, no veo donde sostenerme para hacer la maniobra. La repisa más cercana queda lejos y desde ella no llego a anclarme con el cabo de anclaje. Le grito a O. pidiéndole consejo y ella me dice que me eleve un poco, me ancle con el cabo y haga la maniobra así, colgada. Joder qué miedo. Pero, en fin, lo hago, abandono mi repisa, compruebo que el cabo me sostiene, y empiezo a maniobrar. Estoy a varios metros del suelo, el sol me da en la cara, he colocado el cabo de anclaje encima del mosquetón del descuelgue -“¡Mierda! ¡Si lo he leído un montón de veces!”- y con la tensión que ejerce el cabo es dificilísimo de mover. Total, que me ofusco. Sigo así unos segundos, “la cuerda por aquí… el ocho por allá… maldito mosquetón…”. Entonces, en medio del ofuscamiento me paro en seco, me quedo colgada, sentada sobre el arnés, miro alrededor, observo el entorno precioso en el que estoy, hay pajarillos, la roca es bonita, el cielo azul… y respiro, y me digo: “Sabes lo que haces. Confía en ti y hazlo”. Y así, sin más, se me pasa, se me clarifica la mente de golpe, me concentro, y termino la maniobra tranquila. Al bajar le cuento a O. la pequeña gran revelación que he tenido ahí arriba, recogemos todo el material al borde del golpe de calor y nos vamos pitando al río. Luego, ya en casa, releo algo que subrayé en el libro de Lynn Hill: «Esa experiencia me enseñó a no dejar que el miedo interrumpiera mi concentración una vez me había decidido a empezar algo. Ese elemento de la filosofía gimnástica se trasladaría a un aspecto importante para mí de la filosofía de la escalada».

La primera foto es O. palpando el terreno, la segunda yo, tal y como me sentí subiendo: borrosa.

Amar al cuerpo que duele

Esta semana la fisio me dio permiso para “escalar un poquito con mucha calma” y hoy me he puesto los gatos por primera vez en dos semanas. Dos semanas no son nada, hemos pasado confinamientos más largos y, con suerte, hasta vacaciones. No son nada a menos que sientas dolor. Cuando sientes dolor la percepción del tiempo se ve alterada, especialmente si no sabes cuando se va a ir. El dolor da miedo y el miedo es un espejo en el que no queremos mirarnos. El dolor te para en seco y al parar escuchas silencios que no siempre quieres escuchar. Uno de estos días vi un tiktok de un chico que decía que el dolor es lo que nos hace estar realmente presentes, y que únicamente sentimos nuestro cuerpo cuando duele. Otra mañana vi una ilustracion de @nono.rueda en la que ponía: “El cuerpo perfecto es el cuerpo amado”. La frase parece hacer referencia a amar el cuerpo tal y cómo es estéticamente, pero yo me quedé pensando en el cuerpo que duele y en cómo nos relacionamos con el cuerpo cuando duele. Estas semanas he tenido que hacer un tremendo esfuerzo para ver más allá del dolor y de la escalada tal y como la venía practicando pero, sobre todo, para seguir amando al cuerpo que duele.

Eso no significa que no pueda escalar

Este finde he llorado mucho. Este finde tenía compe en @lasaladeltiempo Lo había apuntado en la agenda, había planificado los entrenos de la semana, me sentía bien, estaba motivada, pero no ha podido ser. Una lumbalgia horrorosa me ha obligado a doblarme sobre mí misma, a mirarme a mí misma, otra vez. Estos días han sido para mí una especie de catarsis. Al principio me enfadé con la escalada, quería aceptar, pero no podía, escribí: “La escalada es como una relación tormentosa que te hace daño, pero te engancha”. Estaba tan triste que pensé borrar las redes sociales para no ver nada sobre la compe. Hacía yoga y lloraba. Salía a pasear y lloraba. Lloraba de dolor y de impotencia. Entonces, ya resignada, tuve una conversación con O. en la que dijo una frase que me impactó: “Me cuesta encontrar el termino medio… más bien, me cuesta mucho desear el término medio”. Me dijo que quizás no podría escalar “al máximo”, pero eso no significaba que no pudiera escalar. Existen los terminos medios, pero nos cuesta desearlos. Somos tajantes y nos decimos: “O escalo dándolo todo, o no escalo en absoluto”. También me dijo que eso está potenciado por un entorno que nos valora en función de lo que podemos dar. Esa idea abrió una ventana en mi mente. Me cambió la perspectiva. Una mañana, escalé en la cocina de casa mientras se hacía el café, otra me acerqué al roco del parque y visualicé los bloques, me moví por la pared con los pies en el suelo, tocando las presas. No puedo subirme a la pared, no aún, pero eso no significa que no pueda escalar.

Escalando en la cocina.

Pasiones

Hay pasiones descabelladas y sinsentido. Puede que las pasiones se escapen del sentido. Te recorren la sangre como un tinte y hacen que ésta se vuelva más oscura, más granate. A menudo siento como si llevara en mi interior material inflamable, como si estuviera compuesta de sílex y yesca. Prende el fuego y me vuelvo humeante. Ser vivo. El fuego es un ser vivo que habita en mis tripas. A veces son ascuas chisporroteantes, a veces llamas inmensas, pero siempre está ahí, respirando. Algunos fuegos nacen y mueren en el día, sin explicación, y los dejo ir sin duelo; otros, en cambio, temo que se apaguen. El fuego se mantiene con lo justo y, a veces, de la nada, puede ahogarse. En ocasiones, algunos de ellos se vuelven rebeldes, intento controlarlos, pero me desobedecen. Son a menudo en esos fuegos en los que se fraguan las grandes aventuras y también las grandes catástrofes. No entiendo su naturaleza y me siento atraída por su danza magnética. Llevo años tratando de identificarlos temprano, cuando aún son llama. Llama preciosa. Llama flamante. Realizo trabajo de campo. Tomo notas de su carácter. Para poder calentarme las manos. Para no quemarme.

Escalar es aprender un idioma

En septiembre me apunté a clases de francés. Siempre había querido hacerlo, desde bien niña, pero por circunstancias diversas nunca pude, así que fue una especie de autorregalo. Un par de meses después de empezar el curso, entré en Spotify para escuchar una lista de música que tengo con canciones en francés y me llevé una gran sorpresa: aunque la lista la empecé hace años y había entrado en ella en muchas ocasiones, ese día, por primera vez, pude leer y entender algunos títulos. Las letras unidas que antes no significaban nada, de repente transmitían mensajes que yo era capaz de descifrar. Disponía al fin de las herramientas para interpretarlos. Con la escalada ocurre algo parecido, día tras día, bloke tras bloke, el cerebro va aprendiendo a leer lo que hay escrito en las presas, y también en los espacios aparentemente en blanco. Lo que al principio parecía una roca lisa o una pared repleta de piezas de colores aleatorias, con el paso del tiempo se convierte en un mapa que contiene caminos, senderos, cerros, valles, refugios, texturas… Escalar es aprender un idioma.

Prestar más atención

Amanece lluvioso y yo casi no me puedo levantar de la cama del cansancio y sueño acumulados. Ayer pasé algo de miedo en el rocódromo, creo que es la primera vez que siento miedo “de haberme hecho algo” y me despierto con eso en la cabeza. Estaba haciendo un bloque marcado con esparadrapo, lo que significa que los profes ponen bloques diferentes, que van cambiando, entre los propiamente equipados de colores. Es una de las ventajas de las paredes llenas de presas, como las que tiene La Sala del Tiempo, y que son tan escasas en los rocos de ahora. Otra de las ventajas es que un mismo bloque sirve para distintos niveles, para ello utilizan dobles esparadrapos o esparadrapos con una línea negra pintada en el centro, que marcan presas de ayuda o inicios o finales alternativos según las necesidades.

Ayer estaba haciendo uno de esos bloques, nuestro grupo podía usar todas las presas marcadas con esparadrapo, pero otra compañera y yo estábamos utilizando solo las marcadas con esparadrapos blancos simples o dobles y en pie-mano, lo que significa que solo puedes usar como pies las presas que has usado previamente como manos. Este bloque recorría media pared hasta lo alto del panel. El comienzo era relativamente sencillo y luego iba en ascenso atravesando un ligero desplome -a mi juicio el punto más conflictivo- y, una vez pasado eso, las presas superiores eran muy buenas, así que, salvo por el miedo a la altura, no tenía por qué presentar mayor dificultad. Sin embargo, fue en ese punto en el que me lié.

Estando allá arriba y pensando solo en tocar el top, olvidé la existencia de una presa para el pie, y estuve varios minutos cambiando el cuerpo de posición tratando de descifrar el último paso. Pero lo que desde el suelo es más o menos sencillo, cuando estás agarrada a una regleta a varios metros del suelo, no lo es tanto. Desde abajo, mis compañeros me gritaban cosas que no escuchaba, sus voces me llegaban mezcladas: “Izquierda, la verde, en el pie… Lau, Lau… izquierda…”. En esas, metí un talón en uno de los cazos que tenía a la altura de mi cintura, y me quedé completamente horizontal al suelo, lo que me alejó aún más de mi ansiado final. Desde ahí, a la desesperada, intenté impulsarme en dinámico hasta lo alto del panel, pero supongo que la opción no era la más acertada y, además, ya estaba cansada, así que rocé apenas el borde del panel con la yema de los dedos, sin llegar a agarrarme, y me caí a plomo y de espaldas contra el suelo.

No me dio tiempo a modificar la trayectoria, ni a pensar en cómo caer. La gravedad es brutalmente poderosa. Al impactar contra la colchoneta noté una sensación recorriéndome la parte alta de la espalda, no era dolor, sino como si la fuerza del impacto, su energía, me atravesara por dentro. Al instante siguiente, todos mis compañeros, que habían tratado de portearme desde abajo, estaban a mi alrededor, como si me encontrara en la sala de reanimación de un quirófano, preguntándome: “¿Estás bien?”. “Creo que sí”, respondí. Porque no sabía si lo estaba. Me levanté con cuidado y moví el cuello esperando sentir dolor, pero solo sentí una ligera molestia. El resto de la clase la pasé valorando el estado de mi cuello. No podía creer que no me doliera nada, pero, a pesar de ello, no conseguí sacudirme el susto del cuerpo.

Volví a casa pensando en la caída, pensando en el relato de Lynn Hill en el que cuenta cómo se cayó desde el descuelgue de una vía de 20 metros por no haber hecho bien el nudo de su arnés. Pensando en la reportera que le dice: “Es peligroso, podrías haber muerto”; en ella respondiendo: “La vida es peligrosa, todos vamos a morir”. En ella en el hospital después de aquella caída que le podría haber costado la vida preocupada por si no iba a poder escalar nunca más…

Ya en casa busqué en internet consejos para “caer bien” y “portear bien”. Me da tanto miedo caer mal, como no saber portear a un compañero correctamente. En uno de los artículos decían que cuando se está en una posición en la que se va a caer mal y no se ven las cosas claras, es mejor detenerse y volverlo a intentar de nuevo. Al leerlo me sentí mal. Llevo semanas proponiéndome escalar con más consciencia, pensar bien los movimientos, no ir a lo loco, agarrar las presas con determinación y delicadeza… y, a veces lo consigo, pero, otras, sobre todo cuando el final del bloque está tan cerca, me ciego. Mi mala caída se produjo por no prestar atención, por “olvidar” una presa, quizás por no haberme tomado el tiempo suficiente para leer bien el bloque desde abajo, y por ser impaciente.

Esa obcecación, unida a la capacidad de asumir riesgos -que no sabía que poseía-, no tiene por qué ser necesariamente negativa, de hecho, creo que puede ser positiva en ciertos momentos, pero puede volverse en contra de una misma cuando se superpone a la responsabilidad y la prudencia. Aún así, creo que es natural que toda escaladora se enfrente en algún momento consigo misma a nivel mental, con sus miedos, sus inseguridades y sus impaciencias, y supongo que es mejor hacerlo en un entorno medianamente controlado, como en una clase del roco, que en una vía de 20 metros. Como escribe Hill: “Estar a punto de perder la vida en un momento de descuido, me hizo darme cuenta de que tenía que prestar más atención”.

“Io vado lontano da qui”

Dejo el crashpad en casa y me voy a la sierra a pasar dos días entre nudos y cuerdas, entre mosquetones y maillones. El primer día voy apuradísima, hemos quedado temprano y yo no estoy acostumbrada a madrugar tanto, además me lío un poco con las indicaciones y llego con 10 minutos de retraso. Mientras abandono la ciudad una parte de mi cerebro me dice: “¿Para qué te metes en esto? Podrías estar en la cama…”. Pero enseguida se me pasa. Y se me pasará aún más en un par de horas.

Una vez allí, y tras las presentaciones oportunas, ascendemos primero por un sendero con bastante desnivel, vamos casi todos ahogadísimos, pero como no nos conocemos, nadie se atreve a pedir una paradita. Ya arriba, el profe, José Luis Núñez, saca el material y comienza a explicar, empezando por lo más básico: “Aunque parezca curioso, nada de esto nos ayuda a escalar, para eso solo tenemos nuestro cuerpo, los pies de gato y el magnesio, el resto es para protegernos”.

Mi cerebro siempre quiere entender el porqué de todo y allí arriba se afana por comprender la física de las cuerdas. Quiero entender las diferencias entre unos mosquetones y otros, entre los químicos y parabolts. Escalamos en “tope rope” y aprendemos a montar y desmontar un descuelgue. Al final hago mi primerísima vía de primera. Comemos sentados sobre una roca al sol, escalamos un poco más y recogemos hasta el día siguiente.

Esa noche la paso en un hostal de Cercedilla. Al llegar doy una mini vuelta por el pueblo, pero mi paso es tambaleante, estoy derrotada. Estiro mis fuerzas para ir a comprar algo para cenar. Ya en mi guarida me doy un baño de agua hirviendo, hago un poco de yoga y ceno una ensalada “de bote” sentada en el suelo mientras intercambio audios con O. y V.: las vías llevan para mí sus nombres. Cerca de las 23.00 caigo en un sueño profundísimo y dulce.

Al día siguiente amanece temprano, recojo todo, preparo un bocata apoyada en el lavabo mientras pienso que tengo que hacerme con una navaja, y salgo pitando con la buena suerte de encontrar una churrería abierta en el camino. Cojo un café y unas porras, y me las como sentada en el coche mirando al horizonte.

Por un error de planificación mi hostal queda lejos del segundo punto de encuentro, así que conduzco casi una hora por carreteras secundarias de la Sierra de Guadarrama, y lo que en principio parecía un error, casi se vuelve un acierto. Hay niebla, el monte está verdísimo y por momentos me transporto a Galiza, a mis días de viaje en solitario por carretera sorteando el peaje de la AP-9. La señal de radio no se sintoniza con claridad así que la apago y canto una y otra vez tonterías que me vienen a la cabeza: “Le ciel est gris, mais je suis très heureuse. Les champs sont verts…” // “Io vado lontano da qui, vuoi andare con me? Noi possiamo andare insieme… Io vado lontano da qui, vado a la montagna, vado a fare l’arrampicata!”.

A medida que desciendo, el día se aclara un poco hasta llegar a las inmediaciones del Pantano de San Juan. Nos encontramos todos de nuevo y caminamos por un senderito mucho más amable que el del día anterior hasta el sector de vías asequibles que vamos a descifrar.

Esta vez me lanzo a ir de primera y al llegar al descuelgue me pongo un poco nerviosa, temo chapar mal, y hay altura, mucha más de lo que estoy acostumbrada. Pero mi compañero me anima, así que intento concentrarme, respiro, y lo hago, y desciendo, y todo está bien. Después aseguro a otras compañeras/os: nudo de 8 peinadito, grigri bien colocado, mosquetón cerrado, nudo en la cuerda… va. Finalmente hago otra vía más, y la tercera de segunda porque el paso final me da desconfianza.

Cuando acabamos se podría decir que ya no somos desconocidos y que las cuerdas que nos han asegurado han unido otras cosillas a su paso por las cintas. Mientras comemos, José Luis nos cuenta historietas de sus escaladas en grandes paredes, de movidas de la clásica o vuelos que ponen los pelos de punta.

Ese día, de vuelta en casa, me meto en la cama a las 10 de la noche y me quedo dormida sin esfuerzo, imaginando la roca y visualizando las técnicas en mi cabeza. Durante varios días, soñaré con nudos.

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