El grado, el granito, la adherencia…

Granito. Adherencia. Qué frustración. Estuvimos haciendo cuartos y quintos porque los sextos eran inviables. En el primer pegue a un sexto se me fue el pie y ale, raspón en la muñeca. Eso sí, cuando sale, un poquito, es gustosísimo. La sensación de mimetizarse con la roca y subir por donde no parece posible es placentera. Me meto en estos bloques esperando dominar algo mejor la técnica y la posición del cuerpo. Poco a poco.
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En varios momentos me angustio y le digo a mi compi: “¿Pero esto solo es un 5? ¿Pero esto solo es un 6A?” Me responde: “Qué mas da, no le des esa importancia al grado”. Y me avergüenzo, un poco. Me reconozco en lo que no quiero reconocerme. Porque yo querría: disfrutar escalando lo que sea. Pero a veces, también: hacer grado. El por qué es una pregunta que tiene respuestas complejas: para sentirme escaladora “de verdad”, para obtener reconocimiento, para hacer bloques que me gustaría poder hacer, para sentir que lo hago bien, para satisfacer algún tipo de sed, para contarlo aquí…
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Pero bueno, no me fustigo. Soy una persona inserta en un tipo de sociedad que reconoce y promociona un tipo concreto de cosa y, como tal, albergo sentimientos contradictorios, y los tomo, y a veces no me gustan, pero están ahí, y al menos, me digo, ma atrevo a mirarlos.
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En cualquier caso, esa llamada de atención me permite aterrizar de nuevo y darme cuenta de algo que aprendí cuando me lesioné y que tiendo a olvidar al encontrarme mejor: observar los pequeños avances y mejoras en la técnica o en la capacidad de resolver situaciones estresantes o que dan miedo. Gracias a esa llamada de atención “despierto”, y no es que las ganas de hacer un grado alto se disuelvan, es un objetivo válido, pero dirijo de nuevo la mirada a las sutilezas del proceso, como ese sexto que no podía ni comenzar y me raspó y, al final, tras darle y darle y darle y darle, “me quedé”, yuhu.
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Al terminar el día me meto en un bloque que me es asequible y gustosísimo, y desde arriba veo unas vistas espectaculares, pero eso, para otro post.

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“Dejé de competir y se me rompió el corazón”

“Dejé de competir y se me rompió el corazón. Me alejé de mis compañeros porque no soportaba verlos competir. En estos casos muchos deportistas buscan la emoción perdida en otro deporte o se abandonan a vicios insanos. Yo encontré mi chute en un amor tóxico que me dejó más rota que la lesión”. 

BOOM. 

Escribe mi amiga Leticia Guedella en el fanzine de La Línea de Fuego. He visto eso de lo que habla a mí alrededor, y lo he visto en mí: la angustia vital, aka síndrome de abstinencia, cuando el cuerpo imposibilita seguir entrenando o cuando el amor aprieta. Y cómo uno u otro conducen rápidamente a conductas dañinas: a entrenar sin cabeza, hasta hacernos daño físicamente; así como a amar sin cabeza, hasta hacernos daño emocionalmente.

Ocurre: refugiarse en el deporte cuando el amor duele, y viceversa. 

A menudo los cuerpos heridos hieren al mismo tiempo, a otros, o a sí mismos. 

“Ahora mismo, mientras tecleo, sufro mono por no poder entrenar. Estoy más ansiosa, irritable… y me siento frustrada. Otra vez un cuerpo que dice basta, que no funciona. Y maldigo ese cuerpo engañoso, bonito fuera, pero poco funcional”.

Me viene un recuerdo a la mente: el pasado verano, mirándome al espejo, pensando que “por fuera todo estaba bien” y sintiendo un extraño rechazo hacia mi propia imagen porque por dentro “no funcionaba”. Creo que llegué a decirme: “¿De qué me sirve verme bien si no funciono?”.

Desde entonces he intentado poner el foco en otros lugares, rascar esa emoción a otros ámbitos. Pero el miedo sigue estando ahí. Y cada día veo ese miedo en mí, y en mis amigas y amigos, cuando alguna parte del cuerpo amenaza con doler.

Entonces me cuestiono: ¿Cómo tratamos a las compañeras que se lesionan? ¿Cuidamos de nuestras amigas lesionadas? ¿Hacemos planes alternativos con ellas? ¿Nos sumamos a entrenar algún día de forma diferente para acompañaras? ¿Generamos espacios para recuperarnos bien y seguir disfrutando?

Como Leticia, ahora “estoy aprendiendo a ser más paciente, a aceptar que hay opciones más allá del todo o nada”. Pero es difícil y, como en casi todo, diría que el trabajo no depende de una sola, sino de la comunidad, de cómo nos acompañamos cuando no somos funcionales según el modelo imperante. 

escalar es prescindible / escalar es importantísimo

Escalar no salva de nada, pero no hacerlo tampoco, y hacerlo es divertido. Así que sí, por qué no, entre mil posibilidades, elegir escalar a no escalar.

Sigo: escalar no salva de nada, pero es divertido. En ese caso, puede que escalar sí salve de algo, aunque solo sea de un tipo de desidia, o de aburrimiento.

Aplicando la lógica, en ese caso, escalar sí salva, aunque sea tan solo de una cosa. Muchas cosas sin aparente importancia salvan de otras también sin aparente importancia.

El café que me tomo por la mañana no me salva de nada, algunos dirán que sí, que me salva del sueño, de la pereza, a veces incluso de la resaca. Pero si preguntara si es de vida o muerte que tome ese café, todos esos responderían, seguro, al unísono, que no lo es.

Sin embargo, el café que me tomo por la mañana me produce un tipo de placer que permite otros: ya no es el café únicamente, sino el café más el libro, el café más la escritura, el café más el fresco que entra por la ventana, el café más este texto…

Ese café, analizado con lupa, adquiere cierta relevancia.

Así pasa con todas y cada una de las pequeñas cosas que, examinadas, se convierten en grandes. No lo son quizás por sí solas, pero sí en comunión con otras.

Probablemente no morirá nadie si no se toma ese café, tampoco si no escala. Pero la vida, sin duda, está hecha o es deseable que lo esté, de una suma de alegrías, placeres, que otorgan cierto sentido a la existencia inmediata.

Algunas nutricionistas se refieren a la comida por el valor que le damos, porque los alimentos van unidos a sentimientos y estados de ánimo, no son significantes vacíos y aislados. Un croissant no son solo sus grasas saturadas y azúcares, también el valor que le da la persona, y es posible que el croissant no deba forma parte de nuestra vida por su nulo valor nutricional, pero quizá sí deba formar parte, la moderación ya se discutirá, por la dosis de alegría que nos produce.

Escalar es prescindible / escalar es importantísimo.

Depende de cómo se mire.

No me tomes por granito

«A veces me toman por granito y me molesta porque no soy granito. He conocido a algunas personas de granito: con un carácter de piedra, rectas, con opiniones del tamaño de las Montañas Rocosas. Eso está bien, pero no tiene nada que ver conmigo. Si soy piedra, soy una clase de piedra de pacotilla y quebradiza como la arenisca. O ni siquiera roca sino arcilla, o ni siquiera arcilla sino barro. El barro es distinto del granito. El barro se queda en su sitio, húmedo y denso y pringoso y productivo. El barro está bajo los pies. La gente deja huellas en el barro. Como barro acepto los pies. Acepto el peso. Los que me toman por granito dicen que no es así, pero no han prestado atención a dónde ponían los pies, y por eso la casa está toda sucia y llena de pisadas. El granito no acepta las huellas, las rechaza. Crea pináculos y la gente se ata con cuerdas y los escala y quizás sienten una gran emoción, pero el granito no, nada cambia. Para alterar el granito hay que hacerlo estallar. Pero cuando la gente camina por encima de mí se ve exactamente dónde han puesto los pies. Y cuando se instalan encima de mí, cedo y respondo, y dejo pasar y me adapto y acepto. No se precisan explosivos. Tal vez la gente que usa cuerdas y las cosas enormes y pesadas no se llevan bien con un suelo tan adaptable e incierto porque las hace sentirse inseguras. Tal vez tienen miedo de ser chupadas y tragadas. Pero a mí no me interesa chupar, y no tengo hambre. Solo soy barro. Cedo. Trato de acomodarme. Y cuando la gente y las cosas enormes y pesadas se marchan, no han cambiado, pero yo sí. Sigo aquí y sigo siendo barro, pero estoy llena de pisadas y huecos hondos y huellas y alteraciones. Me han cambiado. Tú me cambias. No me tomes por granito», Úrsula K. Le Guin

La incomodidad no resuelta

Volví a desinstalarme las redes de nuevo, una vez más, porque me ocurre que de repente no las soporto. Casi siempre se da de la misma forma, es un ciclo: estoy a gusto en ellas, siento que he encontrado “el punto” y, de repente, me veo scrolleando demasiado, pensando demasiado qué publicar… de repente la exposición me pesa, y hasta mostrar un pie me parece excesivo. Cuando no estoy en ellas la vida se vuelve más liviana. Mi sistema nervioso se calma. Mi día no es mediocre porque no lo comparo inconscientemente con el de nadie o, si acaso, con el de la vecina o la amiga con la que me intercambio un par de mensajes. Mi mente, de repente, encuentra espacio para observar y pensar, a ritmo pausado. Pensaba que publicar tan solo sobre escalada y montaña me libraría de estas sensaciones, pero no es así. En redes parece que todo el mundo está en la montaña, y todo el mundo está escalando, todo el tiempo. Todo el mundo hace cosas. En redes no existe la ausencia de actividad, ¿cómo se puede representar la ausencia desde la presencia?, y es esa ausencia la que busco. Además me pasa que no encuentro el punto intermedio entre publicar un poco y pasarme y sentir que me muestro demasiado, y entre no entrar en absoluto y entrar aunque sea un ratito, porque también sucede que las publicaciones ajenas me inspiran y enseñan muchas veces y quisiera poder conservar un pedacito de eso. Cuando me ocurre esto, cuando llego al punto de saturación, busco testimonios y encuentro algunos de personas que dejan de usar las redes sociales, también listados de consejos para minimizar el uso, pero no quiero nada de eso, no quiero tips fáciles, ni soluciones drásticas, busco un relato sobre la incomodidad en el que verme reflejada, sobre la incomodidad no resuelta. Porque no todo tiene soluciones fáciles. Hay asuntos que nos generan incomodidad y que no se resuelven siguiendo un manual de instrucciones. Acepto pues que este asunto me va a generar incomodidad y que lo que más incomodidad me genera es tratar de resolverla drásticamente en vez de encontrar el modo de relacionarme con ella. Necesito reflejo, relatos similares o no con los que retroalimentarme para, quizás, aprender a navegar mejor estas sensaciones. Vengo a escribir a este espacio para huir de ese otro porque me siento menos sujeta a condiciones. Aquí publico y no sé quién lee y no me importa. Estos días sé que me pesa más esta sensación de saturación y creo que tiene que ver con el aparente caos generalizado, y la guerra, y el haber trabajado varios días seguidos leyendo titulares dramáticos sobre todo este asunto. Guerra, fascismo, pandemia… el vaso está demasiado lleno. Y pensaba y lo escribí hace unos días, que no podremos ser felices, no plenamente, mientras seamos objetos de consumo. Y ese es en parte otro conflicto que se me presenta, y es que me incomoda que hayamos aceptado volcar nuestras imágenes, nuestros textos y reflexiones en plataformas pensadas para engancharnos. Y sueño entonces con una revolución de todo, con mudarnos a otros lugares, crear una aldea digital, sin querer idealizar la aldea, ni lo rural, ni nada. Pero crear algo, en definitiva. Entiendo que mi incomodidad no es mía, en cuanto a que no nace en mí, sino que me es inoculada por un sistema que me pide que sea feliz y mantenga la calma, al tiempo que me pide que produzca, lo que sea, pero que produzca, y me expone a estímulos que me desestabilizan, porque se alimenta de esa desestabilización. Quiero salir al monte y escalar, y pensar, y hablar y reflexionar, y quiero enseñarle las fotos y compartir esas reflexiones con otras amigas, pero no quiero hacer todas esas cosas únicamente para compartirlas después en una publicación, y mucho menos hacerlo a cambio de un like, ni condicionada por un algoritmo que decide en qué posición sitúa mi valía.

La soledad permite los encuentros

C. es bombero, me cuenta que escala a menudo solo porque tiene muchos días entre semana libres. Cuando le veo de llegar y de lejos me dice “si necesitas porteo en algún momento me dices”, lo primero que pienso es “joe, yo que quería estar sola…”, al principio dudo de él, como un animal que olfatea al otro hasta que decide si confía o no. Es relativamente fácil ver a hombres escalando solos, los ves con sus crashpads a la espalda, como seres errantes, parecen ermitaños de las montañas que han salido de su escondrijo para escalar un rato y volver a su refugio. Nosotras, en cambio, dudamos un poco más, tememos perdernos, hacernos daño… como ellos, supongo, pero también que nos agredan, convertirnos en la presa de un depredador. Esta vez, confío, primero con prudencia, luego, con alegría. Más tarde O. me diría algo que he experimentado pero que no había pensado: que la soledad permite los encuentros. Probablemente C. no me hubiera hablado si yo hubiera estado con alguien. Es precisamente la soledad elegida por ambos la que condujo al encuentro. En un momento dado C. comentó que tenía pareja, fue como un “tranquila, no voy por ahí”, luego yo deslicé lo mismo y ahí, creo, fue una sensación ligera, que nos relajamos. Para muchos el “tener pareja” implica que se pertenece a un otro, aunque para otras muchas el “tener pareja” ya no implica una pertenencia exclusiva, cercada, propiedad privada, y entendemos el enamoramiento como un sentimiento más elástico. En cualquier caso, el decir que se tiene pareja aclarara las intenciones o, al menos, los términos en los que puede suceder o no algo. Hablamos un rato sobre la idealización de la pareja y lo romantizada que está la escalada en pareja, y las posibilidades, también, que se abren cuando la escalada no se produce en los márgenes de ese vínculo. Después, seguimos, sobre que “la escalada no lo es todo, y hay que tener más cosas”. Silencio. Lo sabemos, pero “qué difícil”, coincidimos. “Bueno, mientras se pueda disfrutar, como ahora, hay que hacerlo”, dijo C., y otro pegue. Con esa idea en mente, después, por la tarde, mientras acompañaba a J. a una tienda de la Ribera de Curtidores a cambiar unos pantalones, iba pensando: “La vida es esto también”, la vida fue escalar por la mañana, sola, sola y no, y, ahora, también, este paseo, hacer un recado, caminar por el centro, agarrarnos de la mano. 

Ir sola

Sola. Ir a escalar sola. Soledad elegida. Porque sí. Porque apetece. Y da miedo. Hacerlo porque apetece a pesar del miedo o también por el miedo. Miedo-ganas-ilusión-incertidumbre-cosquilleo-euforia. Ir sola y pensar en todos los detalles que descuidas o no ves cuando vas con alguien. Entrar en modo alerta por todo. Pensar cosas como que has aparcado cerca del río y un río es buena orientación si te pierdes. Ir sola y de repente conocer a alguien, acabar compartiendo crashpad y no estando sola. Pero aún así, sola. Sola en compañía de alguien extraño, hasta ese momento, y no solo, también en compañía, desde mucho antes de emprender la marcha, de los relatos de las amigas que han ido solas antes y te lo han contado y han sembrado la semilla de las ganas. Ir sola, pero estar en realidad muy acompañada.

Alimento para buitres

“Desearía vivir sin pensar todo el rato la vida”, dijo C. mientras cenábamos el último día que nos vimos. A veces no quiero escribir, como ahora, escribo a regañadientes porque busco la respuesta a una pregunta que no he formulado. Podría levantarme e ir literalmente a casi cualquier sitio que me apeteciera, pero no lo hago, elijo esta posibilidad entre otras muchas posibles. Es uno de esos días en los que no quiero encontrarme con la gente. Antes de sentarme he cogido dos libros de la estantería, el primero tiene varias páginas marcadas, las ojeo, pero no recuerdo absolutamente nada, el segundo está sin empezar. Los abro solo para ver si alguna frase me provoca y me lanza a escribir. Entonces me acuerdo de la frase de C., a mí también me agota pensar la vida todo el tiempo, a veces quisiera vivirla y ya está. Me pasa que salgo al campo y voy a escalar y no pienso en lo que hago, camino y ya, escalo y ya, creo que por eso me gusta tanto la escalada, pero luego regreso y entonces me surgen las preguntas y tengo que escribir. En una de las páginas que marqué del primer libro dice: “Escribiendo, puede ser cualquiera. En la página el yo se disuelve, se vuelve amorfo, prolifera sin control”. A veces miento cuando escribo, sacrifico la verdad por la belleza, por la coherencia, por la intriga. El último día que fuimos a escalar grabé a unos buitres a lo lejos, “¿y si me cayera ahora de la roca y me matara? ¿Sería entonces alimento de buitres?” Es un pensamiento fugaz, te viene y enseguida lo desechas: “No va a pasar”, y sigues como si nada. Aunque podría estar bien morir y ser comida, es jodido vivir como si no fuéramos parte del mundo, morimos y nuestro cuerpo no toca la tierra, nos plastificamos antes. Me gusta pensarme más con un animal, es decir, recordar que lo soy, como una loba, olfatear, seguir rastros, escuchar el instinto. Hace unos días me comí varias chocolatinas, unas que me encantan, empecé haciéndolo con culpa hasta que me dije: “Si vas a comértelas, al menos disfrútalas”. A veces como por ansiedad, ahora me doy cuenta, pero produce más ansiedad comer por ansiedad y martirizarse encima por estar haciéndolo. A veces maltratamos a nuestro cuerpo por lograr algo, hace unos días leí un artículo crítico con el fitness y dudé, ¿es más legítimo maltratar el cuerpo para escalar más que para encajar en el canon de belleza? Al escalar hacemos daño al cuerpo de muchas formas, pero lo hacemos porque entendemos que el objetivo lo merece. Mi abuela, en cambio, ve mis piernas raspadas y no lo entiende. Mi yo de hace no muchos años tampoco lo habría entendido. Ocurre de repente, algo que te parecía inaceptable de repente deja de serlo. Algo no deseable, pasa a serlo. Y ya no hay marcha atrás. Cuando dudaba si podría seguir escalando por la lesión de espalda una amiga me dijo: “Has vivido la mayor parte de tu vida sin escalar, podrías volver a hacerlo”. Rompí a llorar. Racionalmente sabía que lo que decía era cierto, pero no podía aceptarlo, algo en mí lo rechazaba. Cuando se ha abierto una puerta, a veces no se puede regresar por la misma, el paso te ha transformado y el retorno al estado anterior se vuelve imposible. Por eso, creo, pensamos la vida, y por eso la escribimos: es la brújula que nos dice dónde estamos. 

Un tipo de pasión

Sabéis esa sensación, cuando te gusta mucho alguien, y al final se termina desvelando todo, y os miráis a los ojos, y os contáis lo que sentís, compartís las historias que de forma individual os han conducido hasta ese punto de encuentro, y puede que os beséis, y os toquéis, y paséis el día y la noche juntos, y después os despedís, hasta otro día, pero la mente y el cuerpo no quieren irse, siguen de alguna forma anclados en ese lugar, oléis la manga de la chaqueta que estuvo en contacto con esa persona para seguir oliéndola, y vagáis por la casa con una media sonrisa dibujada en la cara, rememorando todo en bucle, incapaces de concentraros en otra cosa, ¿os hacéis una idea? Bien, pues esa sensación a priori tan sublime se puede vivir con una persona, pero también con las actividades que nos apasionan. Exactamente así me siento en Albarra. Y es importante entender esto, y aquí va el alegato feminista, porque, como decía Kate Millett, “el amor ha sido el opio de las mujeres, mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”; es decir, las mujeres amamos a los hombres mientras ellos disfrutan de sus deportes, de sus proyectos… (esto va en clave cis hetero) y, eventualmente, nos aficionamos a algunas de las cosas que aman ellos. Carolina Sanín dice que a menudo ha comenzado aficiones movida por el enamoramiento, lo explica bien @antecima_anticima cuando dice: “Confieso que hubo una etapa durante la cual me avergonzaba de esto: de saber que gran parte de las cosas que hago encuentran su motor de origen en el enamoramiento […] El mundo se ensancha. No porque el mundo no fuera ancho ya de antemano, sino porque hay espacios que se vuelven relevantes a través del enamoramiento”. Después, en algunos casos, lo descubierto traspasa ese sentimiento y una hace suyo aquello que adoptó. En otros, se puede quedar una a la sombra, forzándose incluso a que le gusten actividades que en realidad no le gustan tanto. Por eso me emociona sentir hacia la escalada un tipo de pasión que a las mujeres se nos ha dicho que solo podemos sentir hacia los amantes, y por eso me emociona escalar junto a otras amigas profundamente motivadas y enamoradas.

AlbarrALFIN

Empecé a soñar con este lugar cuando apenas había comenzado a escalar, pero por unas cosas o por otras aún no había podido venir. A veces, lo que no sucede, o lo que tarda en suceder, genera una especie de obsesión. Con los lugares que nos obsesionan ocurre que los visitamos muchas veces antes de visitarlos: a través de los relatos que nos cuentan y todas las veces que los imaginamos. En ocasiones la consumación de la experiencia real puede resultar decepcionante, pero otras, en cambio, se vive tal y como nos lo habían contado. Aunque las circunstancias hayan ido cambiando y no suceda tal y como pensamos en un principio, sentimos un profundo gozo al comprobar que todos tenían razón y el lugar es exactamente lo que dijeron que sería, y quizás no es porque sea así, sino porque hemos deseado profundamente que lo fuera.

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