Escalar es aprender un idioma

En septiembre me apunté a clases de francés. Siempre había querido hacerlo, desde bien niña, pero por circunstancias diversas nunca pude, así que fue una especie de autorregalo. Un par de meses después de empezar el curso, entré en Spotify para escuchar una lista de música que tengo con canciones en francés y me llevé una gran sorpresa: aunque la lista la empecé hace años y había entrado en ella en muchas ocasiones, ese día, por primera vez, pude leer y entender algunos títulos. Las letras unidas que antes no significaban nada, de repente transmitían mensajes que yo era capaz de descifrar. Disponía al fin de las herramientas para interpretarlos. Con la escalada ocurre algo parecido, día tras día, bloke tras bloke, el cerebro va aprendiendo a leer lo que hay escrito en las presas, y también en los espacios aparentemente en blanco. Lo que al principio parecía una roca lisa o una pared repleta de piezas de colores aleatorias, con el paso del tiempo se convierte en un mapa que contiene caminos, senderos, cerros, valles, refugios, texturas… Escalar es aprender un idioma.

Prestar más atención

Amanece lluvioso y yo casi no me puedo levantar de la cama del cansancio y sueño acumulados. Ayer pasé algo de miedo en el rocódromo, creo que es la primera vez que siento miedo “de haberme hecho algo” y me despierto con eso en la cabeza. Estaba haciendo un bloque marcado con esparadrapo, lo que significa que los profes ponen bloques diferentes, que van cambiando, entre los propiamente equipados de colores. Es una de las ventajas de las paredes llenas de presas, como las que tiene La Sala del Tiempo, y que son tan escasas en los rocos de ahora. Otra de las ventajas es que un mismo bloque sirve para distintos niveles, para ello utilizan dobles esparadrapos o esparadrapos con una línea negra pintada en el centro, que marcan presas de ayuda o inicios o finales alternativos según las necesidades.

Ayer estaba haciendo uno de esos bloques, nuestro grupo podía usar todas las presas marcadas con esparadrapo, pero otra compañera y yo estábamos utilizando solo las marcadas con esparadrapos blancos simples o dobles y en pie-mano, lo que significa que solo puedes usar como pies las presas que has usado previamente como manos. Este bloque recorría media pared hasta lo alto del panel. El comienzo era relativamente sencillo y luego iba en ascenso atravesando un ligero desplome -a mi juicio el punto más conflictivo- y, una vez pasado eso, las presas superiores eran muy buenas, así que, salvo por el miedo a la altura, no tenía por qué presentar mayor dificultad. Sin embargo, fue en ese punto en el que me lié.

Estando allá arriba y pensando solo en tocar el top, olvidé la existencia de una presa para el pie, y estuve varios minutos cambiando el cuerpo de posición tratando de descifrar el último paso. Pero lo que desde el suelo es más o menos sencillo, cuando estás agarrada a una regleta a varios metros del suelo, no lo es tanto. Desde abajo, mis compañeros me gritaban cosas que no escuchaba, sus voces me llegaban mezcladas: “Izquierda, la verde, en el pie… Lau, Lau… izquierda…”. En esas, metí un talón en uno de los cazos que tenía a la altura de mi cintura, y me quedé completamente horizontal al suelo, lo que me alejó aún más de mi ansiado final. Desde ahí, a la desesperada, intenté impulsarme en dinámico hasta lo alto del panel, pero supongo que la opción no era la más acertada y, además, ya estaba cansada, así que rocé apenas el borde del panel con la yema de los dedos, sin llegar a agarrarme, y me caí a plomo y de espaldas contra el suelo.

No me dio tiempo a modificar la trayectoria, ni a pensar en cómo caer. La gravedad es brutalmente poderosa. Al impactar contra la colchoneta noté una sensación recorriéndome la parte alta de la espalda, no era dolor, sino como si la fuerza del impacto, su energía, me atravesara por dentro. Al instante siguiente, todos mis compañeros, que habían tratado de portearme desde abajo, estaban a mi alrededor, como si me encontrara en la sala de reanimación de un quirófano, preguntándome: “¿Estás bien?”. “Creo que sí”, respondí. Porque no sabía si lo estaba. Me levanté con cuidado y moví el cuello esperando sentir dolor, pero solo sentí una ligera molestia. El resto de la clase la pasé valorando el estado de mi cuello. No podía creer que no me doliera nada, pero, a pesar de ello, no conseguí sacudirme el susto del cuerpo.

Volví a casa pensando en la caída, pensando en el relato de Lynn Hill en el que cuenta cómo se cayó desde el descuelgue de una vía de 20 metros por no haber hecho bien el nudo de su arnés. Pensando en la reportera que le dice: “Es peligroso, podrías haber muerto”; en ella respondiendo: “La vida es peligrosa, todos vamos a morir”. En ella en el hospital después de aquella caída que le podría haber costado la vida preocupada por si no iba a poder escalar nunca más…

Ya en casa busqué en internet consejos para “caer bien” y “portear bien”. Me da tanto miedo caer mal, como no saber portear a un compañero correctamente. En uno de los artículos decían que cuando se está en una posición en la que se va a caer mal y no se ven las cosas claras, es mejor detenerse y volverlo a intentar de nuevo. Al leerlo me sentí mal. Llevo semanas proponiéndome escalar con más consciencia, pensar bien los movimientos, no ir a lo loco, agarrar las presas con determinación y delicadeza… y, a veces lo consigo, pero, otras, sobre todo cuando el final del bloque está tan cerca, me ciego. Mi mala caída se produjo por no prestar atención, por “olvidar” una presa, quizás por no haberme tomado el tiempo suficiente para leer bien el bloque desde abajo, y por ser impaciente.

Esa obcecación, unida a la capacidad de asumir riesgos -que no sabía que poseía-, no tiene por qué ser necesariamente negativa, de hecho, creo que puede ser positiva en ciertos momentos, pero puede volverse en contra de una misma cuando se superpone a la responsabilidad y la prudencia. Aún así, creo que es natural que toda escaladora se enfrente en algún momento consigo misma a nivel mental, con sus miedos, sus inseguridades y sus impaciencias, y supongo que es mejor hacerlo en un entorno medianamente controlado, como en una clase del roco, que en una vía de 20 metros. Como escribe Hill: “Estar a punto de perder la vida en un momento de descuido, me hizo darme cuenta de que tenía que prestar más atención”.

“Io vado lontano da qui”

Dejo el crashpad en casa y me voy a la sierra a pasar dos días entre nudos y cuerdas, entre mosquetones y maillones. El primer día voy apuradísima, hemos quedado temprano y yo no estoy acostumbrada a madrugar tanto, además me lío un poco con las indicaciones y llego con 10 minutos de retraso. Mientras abandono la ciudad una parte de mi cerebro me dice: “¿Para qué te metes en esto? Podrías estar en la cama…”. Pero enseguida se me pasa. Y se me pasará aún más en un par de horas.

Una vez allí, y tras las presentaciones oportunas, ascendemos primero por un sendero con bastante desnivel, vamos casi todos ahogadísimos, pero como no nos conocemos, nadie se atreve a pedir una paradita. Ya arriba, el profe, José Luis Núñez, saca el material y comienza a explicar, empezando por lo más básico: “Aunque parezca curioso, nada de esto nos ayuda a escalar, para eso solo tenemos nuestro cuerpo, los pies de gato y el magnesio, el resto es para protegernos”.

Mi cerebro siempre quiere entender el porqué de todo y allí arriba se afana por comprender la física de las cuerdas. Quiero entender las diferencias entre unos mosquetones y otros, entre los químicos y parabolts. Escalamos en “tope rope” y aprendemos a montar y desmontar un descuelgue. Al final hago mi primerísima vía de primera. Comemos sentados sobre una roca al sol, escalamos un poco más y recogemos hasta el día siguiente.

Esa noche la paso en un hostal de Cercedilla. Al llegar doy una mini vuelta por el pueblo, pero mi paso es tambaleante, estoy derrotada. Estiro mis fuerzas para ir a comprar algo para cenar. Ya en mi guarida me doy un baño de agua hirviendo, hago un poco de yoga y ceno una ensalada “de bote” sentada en el suelo mientras intercambio audios con O. y V.: las vías llevan para mí sus nombres. Cerca de las 23.00 caigo en un sueño profundísimo y dulce.

Al día siguiente amanece temprano, recojo todo, preparo un bocata apoyada en el lavabo mientras pienso que tengo que hacerme con una navaja, y salgo pitando con la buena suerte de encontrar una churrería abierta en el camino. Cojo un café y unas porras, y me las como sentada en el coche mirando al horizonte.

Por un error de planificación mi hostal queda lejos del segundo punto de encuentro, así que conduzco casi una hora por carreteras secundarias de la Sierra de Guadarrama, y lo que en principio parecía un error, casi se vuelve un acierto. Hay niebla, el monte está verdísimo y por momentos me transporto a Galiza, a mis días de viaje en solitario por carretera sorteando el peaje de la AP-9. La señal de radio no se sintoniza con claridad así que la apago y canto una y otra vez tonterías que me vienen a la cabeza: “Le ciel est gris, mais je suis très heureuse. Les champs sont verts…” // “Io vado lontano da qui, vuoi andare con me? Noi possiamo andare insieme… Io vado lontano da qui, vado a la montagna, vado a fare l’arrampicata!”.

A medida que desciendo, el día se aclara un poco hasta llegar a las inmediaciones del Pantano de San Juan. Nos encontramos todos de nuevo y caminamos por un senderito mucho más amable que el del día anterior hasta el sector de vías asequibles que vamos a descifrar.

Esta vez me lanzo a ir de primera y al llegar al descuelgue me pongo un poco nerviosa, temo chapar mal, y hay altura, mucha más de lo que estoy acostumbrada. Pero mi compañero me anima, así que intento concentrarme, respiro, y lo hago, y desciendo, y todo está bien. Después aseguro a otras compañeras/os: nudo de 8 peinadito, grigri bien colocado, mosquetón cerrado, nudo en la cuerda… va. Finalmente hago otra vía más, y la tercera de segunda porque el paso final me da desconfianza.

Cuando acabamos se podría decir que ya no somos desconocidos y que las cuerdas que nos han asegurado han unido otras cosillas a su paso por las cintas. Mientras comemos, José Luis nos cuenta historietas de sus escaladas en grandes paredes, de movidas de la clásica o vuelos que ponen los pelos de punta.

Ese día, de vuelta en casa, me meto en la cama a las 10 de la noche y me quedo dormida sin esfuerzo, imaginando la roca y visualizando las técnicas en mi cabeza. Durante varios días, soñaré con nudos.

Fuerte, “pero no mucho”

Cuando doy talleres en institutos sobre construcción de la imagen corporal les pregunto qué atributos físicos creen que deben tener los hombres y las mujeres. Hay discrepancias pero siempre coinciden en algo: las chicas pueden estar fuertes “pero no mucho”. Ese “pero no mucho” es importante. A las mujeres siempre se nos dice ese “pero no mucho”: con curvas, pero no demasiadas; fuertes, pero sin pasarse; delgadas, pero no en extremo; altas, pero lo justo. Como si el cuerpo pudiera recortarse con tijeras y pegarse con supreglú para modificarlo al antojo de quienes deciden qué es válido y bonito y qué no. Entonces me pregunto: ¿Cuál será la dominada que sobrepase el límite y me convierta en “demasiado fuerte”? ¿Y qué pasará entonces? Hace unas semanas O. me contó que mientras entrenaba en su roco escuchó a unas chicas diciendo que querían ponerse fuertes, “pero no mucho”. Y a ella le dieron ganas de decirles: “Pero… ¿queréis escalar o no?” Y yo quiero escalar.

Cierto punto de obsesión

Mi relación con la escalada es una especie de romance. Mientras no escalo pienso en ella, me preparo para ella, y cuando la tengo delante trato de disfrutarla como si fuera, igual que yo, un ser mortal. 

Regurgito esta idea mientras leo un reportaje de hace un par de años en El País sobre el Nanga Parbat. Lo guardé anoche en la “lista de lectura” y mientras me preparaba el café lo he recordado y me he puesto contenta. Siento un “gustito” especial, mezclado con curiosidad, con intriga, con cierto morbo quizás, cuando leo sobre montañas. El texto dice: “Las obsesiones colectivas o individuales explican casi todos los avances del ser humano, también en materia de alpinismo […] Todavía hoy existen mil maneras de entender (compartir es otra cosa) por qué un alpinista arriesga su vida para escalar una montaña”. En otro punto del texto, se recogen las palabras de un alpinista que acometió el ascenso en 2005, “compartíamos (él y su compañero) la robusta motivación de los obsesionados…”. Todo ello me recuerda a una conversación con F. en la que me dijo una frase que apunté a sabiendas de que algún día la utilizaría: “Un punto de obsesión es necesario”. Creo que ella me hablaba del piano, y yo le hablaba de escalada. Yo no tengo ni idea de piano, ni ella de escalada, pero siempre nos entendemos porque hablamos con el mismo lenguaje: el de la cierta -o mucha- obsesión. Mi relación con la escalada es una especie de romance, uno de esos que rozan la obsesión. Quiero saberlo todo sobre ella, y reconozco que a veces siento el miedo de que llegue el día en el que no tenga nada más que saber, como una relación que cae en la rutina. Mi relación con la escalada es un idilio. Quiero dedicarle canciones y poemas, poner nuestra foto juntas de fondo de pantalla. Gritarle al mundo que la amo y ser tremendamente cursi, pedante, cansina. Estar a solas con ella y acariciarla y mirarla durante horas, embobada. Mientras me trabajo el amor romántico, el amor romántico por la escalada es el único que tolero ahora. 

¿Existe la soledad?

¿Existe la soledad? ¿Existe la soledad entendida como la ausencia de lo otro, de lo otro humano? O, en cambio, como dice O., ¿lo humano impregna hasta los lugares a los que acudimos para escapar de lo humano? Como el monte en el que hay trazados caminos, señales, desperdicios… ¿Podría decir que estoy realmente sola con la roca si sobre sus pliegues permanece la huella del magnesio de los que llegaron antes? ¿Parte del vacío existencial moderno se debe a la muerte de la soledad en su sentido estricto? ¿Es por eso que realizamos el esfuerzo constante de ajustar el encuadre de la foto para que no aparezcan más personas alrededor? ¿Es esa la máxima expresión de la búsqueda de la soledad moderna: una imagen en la que tratamos de eliminar al otro para que sobresalga el yo? Pero todos somos yo y otro al mismo tiempo. Yo soy el otro para mi otro. Yo soy el otro que el otro busca eliminar de su encuadre. Si la soledad es la ausencia del otro, la soledad no existe. La soledad tiene que ser otra cosa.

El ruido silencioso de las cumbres

Esta semana nos fuimos a la sierra de ruta. Era la primera ruta que buscaba y preparaba yo y la noche anterior apenas pude dormir. Ese día llegué muy excitada del roco. Me desperté varias veces de madrugada, con el cerebro a mil por hora pensando en los blokes. Me venían los pasos a la cabeza, como un rompecabezas, y me imaginaba a mí misma en la pared probando nuevas combinaciones. Intenté respirar hondo y relajarme, pero entonces pensaba en la ruta y volvía a excitarme de nuevo. Recordé los relatos que he leído sobre montañeros insomnes la noche anterior de emprender su travesía y traté de recrearme, e incluso disfrutar de esa pequeña ansiedad que le sobreviene a una ante los grandes acontecimientos. A punto estuve de levantarme varias veces, pero pensé que sería mejor dormir para recuperarme del esfuerzo y estar fresca para el día. Tuve que esforzarme un poco más y reconducir mi mente hacia otro lugar para poder conciliar el sueño. Imaginé entonces algo muy diferente y dejé que mi mente se perdiera en la fantasía de la disolución del cuerpo junto a otro cuerpo. Solo entonces, arrullada por las montañas, y apretujada entre unos brazos no presentes, casi líquidos, pude al fin dormir.

Al día siguiente empezamos a caminar temprano, la ruta asciende primero por la vieja calzada romana, atraviesa luego una pradera, después un camino de tierra, y se adentra de nuevo en el bosque que, seguido de forma ascendente por un recorrido estrecho y rodeado de arbustos que no sé identificar, conduce hasta un collado, un vasto espacio regentado por las cumbres colindantes y aún cubierto parcialmente de nieve. No obstante, antes de llegar hasta allí, nos desviamos por un camino equivocado y tras unos 10 minutos caminando con cuidado entre rocas y suelo congelado, nos damos cuenta de que tenemos que desandar lo andando, aunque, a cambio, la equivocación nos permite disfrutar de unas vistas espectaculares de la sierra. Ya en el collado comemos un bocadillo y descansamos tumbados sobre una roca antes de descender. Hablamos sobre el silencio, aunque no es silencio lo que hay allí arriba: se escuchan pájaros, el rumor del viento, crujidos entre la maleza… sin embargo, parece que el cerebro acostumbrado al ruido urbano registra esos sonidos como silencio.

De vuelta en casa repaso la ruta y descubro que me confundí un poco interpretando la guía y no llegamos hasta el punto último del recorrido, que no era el collado si no un cerro situado tan solo unos metros más arriba. “Guía de montaña de pacotilla”, pienso. Pero enseguida reconduzco el pensamiento criticón y me doy cuenta de qué da igual no haber llegado al cerro, y que quizás es incluso mejor: así podremos volver y será una oportunidad para conocer mejor esa ruta y quizás fijarme en cosas diferentes o que pasé desapercibidas por ir concentrada en encontrar el camino correcto. Además, esa noche es muy diferente a la anterior, me invade el cuerpo un cansancio y una paz que hacía mucho no experimentaba, cuando termino de leer sobre el recorrido, empleo las pocas energías que me quedan en comer algo, ducharme y lavarme los dientes para después meterme en la cama y caer sin dificultad en un sueño profundísimo, esta vez, sin pensar en absolutamente nada, como si mi mente se hubiera impregnado de ese ruido silencioso que habita en las cumbres. 

“Allí va todo el mundo”

Ayer leí el relato de un alpinista que subió hace unos años al Mont Blanc, acompañaba el texto de imágenes y detalles de cada tramo, desde Chamonix hasta la misma cumbre, con explicaciones detalladas de qué esperar y con qué tener cuidado. Estuve un buen rato viendo todas las imágenes que Google me mostró de diferentes ascensiones, pero no logré saciar mi curiosidad. Busqué después la web del refugio du Goûter, que es el último punto de descanso antes de culminar la ascensión. La página recoge las tarifas: la noche son 65 pavos para no federados, le petit-déjeuner casi 20, y le repas du soir el doble. Además, especifican las normas para emprender la ascensión: L’ascension du mont Blanc est un itinéraire de haute montagne réservé à des alpinistes expérimentés. Il est indispensable d’être préparé, entraîné et équipé. Cotilleé la web como si estuviera preparando mi propia expedición, sabiendo que no lo haré nunca. Si me imagino subiendo una cumbre de estas características, mi mente lo romantiza en exceso y evoca relatos como el de Henriette d’Angeville en 1838. Pero hoy no sería así. Los satélites ya nos permiten ver exactamente cómo es el terreno y existen cientos de imágenes del lugar al que vamos a ir. Según leí, la Dame Blanche se convierte cada verano en un peregrinaje, igual que ocurre con otros picos famosos, con cientos de ¿alpinistes expérimentés? que se suceden en una cola interminable hasta la cumbre; además, el cambio climático parece estar terminando con varias de las rutas posibles, y muchos de los tramos de la que es más habitual se encuentran comprometidos y los desprendimientos de rocas son cada vez más frecuentes. Una amiga me contaba hace unos días que siempre quiso subir el Cervino, y que, cuando se lo contó entusiasmada a un amigo suizo, éste le espetó: “¿El Matterhorn? ¡Pero si allí va todo el mundo!”. Y es que ahora va “todo el mundo” a todas partes. Así que poco nos quedará por explorar si nuestra ansia de exploración bebe de “conquistar tierras vírgenes” y lejanas, pues ya nos hemos encargado durante siglos de “desvirgar” todas las tierras posibles. Días antes de esta mini investigación, estuve buscando rutas para hacer en la sierra de Guadarrama, tierra cercana, pero casi enteramente desconocida para mí pese a su aparente asequibilidad. Me pregunto, ¿aspiro al Mont Blanc, o seré en cambio capaz de desprenderme del ansia de conquista, romantizar el camino por mi sierra local, hacer de lo cercano una gran expedición, afanarme por conocer su flora y fauna, y sacralizar el bocata con el fiambre sudado y el refresco al finalizar el día como si fuera el mejor repas du soir posible?

Los objetos queridos

Leo un capítulo de La virtud de la montaña en contra del desapego, del desechar y de la obsolescencia programada. Dice «todos podríamos enumerar una lista de cuatro o cinco objetos de los que solo nos desprenderíamos experimentando un desgarro emocional de cierta intensidad». Y añade: «Los objetos muy queridos se convierten de hecho de algún modo en extensiones del propio cuerpo. Serge Tisseron dice en su libro Comment l’espirit vient aux objects que aunque ‘hay pocos objetos que sean percibidos como partes del cuerpo físico, todos pueden ser percibidos como partes del cuerpo psíquico’. Nos damos cuenta de ello cuando extraviamos un objeto querido: sentimos entonces una fractura anímica insoportable por más que nos ofrezcan otro igual».

El texto me recuerda a una anécdota reciente:

Estaba yo hace un par de meses sentada en el suelo del roco descansando entre pegue y pegue cuando el profe se me acercó y me dijo:

-“¿Sabes que tus gatos se van a romper?”.

La mirada que le dirigí debió de ser entre perpleja y alarmada: “¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo?”, respondí.

Señaló entonces con el dedo una pequeña grieta en la punta del derecho: “¿Ves?”, y siguió con su ensañamiento: “De hecho, mira, te has comido toda la punta, si sigue así se hará un agujero”.

Ante mi -supongo- evidente cara de pavor trató de calmarme: “Pero es buena señal, significa que estás anulando mucho…”.

-“¿Y qué hago?”, le dije.

-“No sé, eso depende de ti, puedes arreglarlos o seguir hasta que se rompan…”.

-“¿Como que seguir hasta que se rompan? -le interrumpí-. “No quiero que se rompan, ¡dime qué hacer!”, le supliqué.

En ese momento varios compañeros se sumaron al debate: “Recauchútalos, quedarán bien”, decía uno. “Sí, pero ya no es lo mismo”, decía otro. “Yo los arreglaría… ”, zanjó el profe.

Esa misma tarde se los dejé “al señor que arregla los gatos”. Cuando le vi cogerlos, guardarlos en su bolsa y marcharse, me quedé de pie unos instantes con la mirada perdida. Ese fue “el momento justo en el que me rompieron el corazón”.

El profe que había gestionado la reparacion y presenciado la escena se me quedó entonces mirando y me preguntó:

-“¿Estás bien…?”.

-“Sí…”, respondí dubativa. “Pero… mis gatos…”, añadí como una niña a la que le acaban de arrebatar un peluche para coserle la oreja.

Me miró, sonrió y añadió: “Con los primeros siempre pasa eso, pero van a quedar genial”.

Durante las semanas siguientes varias personas estaban ya al tanto de mi pequeño drama personal. Entretanto me regalaron otros gatos, y seguí escalando hasta que, un buen día, se me acercó el profe diciendo: “¡Han llegado tus gatos! ¡Y me han dicho que estos han quedado especialmente bien!” No sé si era cierto o era tan solo una de esas frases que se le dicen a los niños para calmarlos, pero estaban tan bonitos que tardé varios días en volver a usarlos.

Dice Juanjo Garbizu en “Monterapia”: «Me cuesta mucho desprenderme totalmente de mi viejo material de montaña, ya que siento una ilógica conexión sentimental y afectiva con él. Sentimientos que forman parte de nuestro irracional más absurdo. Miro mis viejas botas o la chaqueta descolorida y evoco la cantidad de buenos momentos que hemos pasado juntos en la montaña. ¿Qué pasa? ¿Qué hay de malo?».

Ahora miro mis gatos convalecientes, supervivientes de batalla, hechos ya a mis propios pies como una extensión de “mi cuerpo físico o del psíquico” y siento una “ilógica conexion sentimental y afectiva” hacia ellos.

Pero… ¿qué hay de malo?

La voz del ego

En la clase de francés de esta semana hicimos un test que decía «Avez-vous déjà practiqué un sport à risque? (¿Has practicado algún deporte de riesgo?)», marqué la primera respuesta: «Oui, j’ai sauté en parachute / fait de la plongée sous-marine / fait de l’escalade (Sí, he hecho salto en paracaídas / submarinismo / escalada)». Hace años habría marcado: «Non, je déteste prendre des risques (No, detesto correr riesgos)». Se podría decir que escalando me siento en riesgo de forma continua, sobre todo a medida que aumenta la altura, pero es un riesgo en cierto modo controlado porque no dejo de estar en contacto directo con el medio que me sostiene. Y es un anclaje que da seguridad, aunque sepa que eso no evita la caída. Se podría decir que me siento continuamente “al límite del riesgo”. El mayor riesgo lo siento durante los segundos que cambio de pie y la presa siguiente parece inalcanzable, o cuando los dedos agotados me tiemblan y el suelo está a más de dos metros. Pero entonces alguien desde abajo me grita: “¡Va, dale, ya lo tienes!”, y confío plenamente en esa voz que en realidad no asegura nada, me aferro a ella como si fuera cuerda. Es una ilusión infantil, la de creer que estás a salvo porque otros te acompañan. O quizás esa compañía actúe como un asegurador real porque afianza la confianza. Hay blokes que los hago de principio a fin con la certeza de que me voy a caer y, cuando no lo hago, me entra la risa. Luego tomo aire, suspiro y pienso: “Uf. Por los pelos. A ver la próxima”. E, inmediatamente, anhelo la próxima. Palpar el nuevo borde del nuevo límite. ¿Por qué? No lo sé. Es decir, sé que hay una respuesta química, la adrenalina, la dopamina… y un marco social o cultural donde se potencia el “superarse”, pero no es esa la respuesta que busco. Podría limitarme a decir que es divertido, que me gusta, y eso es todo, pero necesito ir más allá y no sé si es una necesidad que debo alimentar -la de ir más allá- o si debería dejarlo estar, no darle más vueltas. ¿Por qué escalo? ¿Tiene que haber un por qué? ¿Por qué estoy tan empeñada en encontrarlo? Creo es porque busco una respuesta que me muestre algo sobre mí, sobre mi identidad. No puedo limitarme a ser, sino que busco saber qué soy, por qué soy. Y esa es la voz del ego.

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