Montañas cotidianas

Me acuesto leyendo historias de alpinistas, piolets, ventiscas y extremidades congeladas. Un poco antes hablo con F. sobre la alerta por helada en Madrid tras la nevada de los últimos días. La conversación surge a raíz de un artículo que ofrece una serie de recomendaciones para proteger las casas: aislar ventanas, cubrir cañerías, o reunir a toda la familia en una sola estancia -quien viva acompañado, pienso; quien tenga varias estancias, quien tenga casa, pienso -.

Ya metida en la cama leo la historia de la caótica ascensión de Anne Peck al Huascarán en Perú a principios del siglo XX (“Cuerdas rebeldes”, Arantza López Marugán). El texto dice que los manuales de la época especificaban que las mujeres debían llevar “falda larga hasta más allá de la línea de nieve y, debajo, unos pantalones anchos”, que solo quedarían al descubierto cuando la falda comenzase a resultar incómoda -¿comenzase?, pienso-. También dice: “Peck descubre que la montaña es un deporte que requiere grandes cantidades de dinero…”.

Hace unos días, justo cuando comenzó a nevar, A. y yo entramos en una tienda de artículos y prendas de escalada, primero bromeamos sobre la necesidad de hacernos con unos piolets de “la sección trotska”, y luego nos detuvimos frente a las zapatillas de montaña y ropa térmica. Al ver los precios de todo aquel material recordé otras de las historias del libro, una sobre la condesa Henriette D’Angeville en el Mont Blanc, otra sobre Gertrude Bell en Finsteraarhorn, las dos pertenecientes a la alta sociedad, condición indispensable no para hacer alpinismo, sino para ser considerada alpinista. Es decir, las mujeres han subido montes desde siempre, pero esas subidas cotidianas, rurales, no entraron dentro de la categoría “alpinismo”.

Pero anoche, como digo, leía sobre Anne Peck en Perú, la autora dice: “En pocos segundos, Anne descubre que tiene las manos completamente moradas, es decir, está a un paso de la congelación. Siguiendo la costumbre de la época, coge un poco de nieve y frota con decisión sus manos insensibles; al poco, nota un dolor espantoso en las puntas de los dedos que le salpican los ojos de lágrimas. Su sangre volvía a circular…”

El relato conecta con un hilo de Twitter que leí hace unos días sobre el fenómeno de la personas -muchas montañeras- que se desnudan o rechazan ser abrigadas cuando sufren hipotermia. De forma resumida, lo que ocurre es que al descender la temperatura del cuerpo de forma drástica los vasos sanguíneos de las extremidades se contraen y la sangre se retira para proteger los órganos internos. Sin embargo, el proceso de mantener los vasos contraídos requiere de altas dosis de energía, por lo que al cabo de un tiempo se relajan, momento en el que toda la sangre caliente del tronco retorna a las extremidades semicongeladas produciendo una sensación de quemazón o intenso calor.

Finalmente, la ascensión de Peck se hace imposible por las condiciones meteorológicas. Uno de los guías sufre alucinaciones por la deshidratación, el frío y la altura, y no quiere ponerse los guantes. Pienso en Abe Simpson y en su pobre compañero de alpinismo con un mordisco en el brazo. Aunque es tarde, dedicen comenzar a descender. Van muy despacio. Peck tropieza con la nieve, se cae varias veces. Los glaciares amenazan con engullirles. Tras más de 20 horas sin descanso, ni alimento, llegan al campo base donde duermen 24 horas seguidas. Al guía le tienen que amputar las dos manos gangrenadas por la congelación.

Termino de leer y permanezco unos segundos tumbada en la cama, la manta eléctrica en la espalda, la manta de lana en los pies, la persiana bajada y las cortinas corridas para evitar la helada madrileña, y me quedo dormida imaginando que mi habitación es una tienda de campaña y que estoy en un risco nevado en el que no sé si realmente querría estar porque no quiero perder una mano, ni que me coman el brazo. Puede que lo mío sean las rocas bajitas, las cumbres asequibles, las montañas cotidianas.

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