Los objetos queridos

Leo un capítulo de La virtud de la montaña en contra del desapego, del desechar y de la obsolescencia programada. Dice «todos podríamos enumerar una lista de cuatro o cinco objetos de los que solo nos desprenderíamos experimentando un desgarro emocional de cierta intensidad». Y añade: «Los objetos muy queridos se convierten de hecho de algún modo en extensiones del propio cuerpo. Serge Tisseron dice en su libro Comment l’espirit vient aux objects que aunque ‘hay pocos objetos que sean percibidos como partes del cuerpo físico, todos pueden ser percibidos como partes del cuerpo psíquico’. Nos damos cuenta de ello cuando extraviamos un objeto querido: sentimos entonces una fractura anímica insoportable por más que nos ofrezcan otro igual».

El texto me recuerda a una anécdota reciente:

Estaba yo hace un par de meses sentada en el suelo del roco descansando entre pegue y pegue cuando el profe se me acercó y me dijo:

-“¿Sabes que tus gatos se van a romper?”.

La mirada que le dirigí debió de ser entre perpleja y alarmada: “¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo?”, respondí.

Señaló entonces con el dedo una pequeña grieta en la punta del derecho: “¿Ves?”, y siguió con su ensañamiento: “De hecho, mira, te has comido toda la punta, si sigue así se hará un agujero”.

Ante mi -supongo- evidente cara de pavor trató de calmarme: “Pero es buena señal, significa que estás anulando mucho…”.

-“¿Y qué hago?”, le dije.

-“No sé, eso depende de ti, puedes arreglarlos o seguir hasta que se rompan…”.

-“¿Como que seguir hasta que se rompan? -le interrumpí-. “No quiero que se rompan, ¡dime qué hacer!”, le supliqué.

En ese momento varios compañeros se sumaron al debate: “Recauchútalos, quedarán bien”, decía uno. “Sí, pero ya no es lo mismo”, decía otro. “Yo los arreglaría… ”, zanjó el profe.

Esa misma tarde se los dejé “al señor que arregla los gatos”. Cuando le vi cogerlos, guardarlos en su bolsa y marcharse, me quedé de pie unos instantes con la mirada perdida. Ese fue “el momento justo en el que me rompieron el corazón”.

El profe que había gestionado la reparacion y presenciado la escena se me quedó entonces mirando y me preguntó:

-“¿Estás bien…?”.

-“Sí…”, respondí dubativa. “Pero… mis gatos…”, añadí como una niña a la que le acaban de arrebatar un peluche para coserle la oreja.

Me miró, sonrió y añadió: “Con los primeros siempre pasa eso, pero van a quedar genial”.

Durante las semanas siguientes varias personas estaban ya al tanto de mi pequeño drama personal. Entretanto me regalaron otros gatos, y seguí escalando hasta que, un buen día, se me acercó el profe diciendo: “¡Han llegado tus gatos! ¡Y me han dicho que estos han quedado especialmente bien!” No sé si era cierto o era tan solo una de esas frases que se le dicen a los niños para calmarlos, pero estaban tan bonitos que tardé varios días en volver a usarlos.

Dice Juanjo Garbizu en “Monterapia”: «Me cuesta mucho desprenderme totalmente de mi viejo material de montaña, ya que siento una ilógica conexión sentimental y afectiva con él. Sentimientos que forman parte de nuestro irracional más absurdo. Miro mis viejas botas o la chaqueta descolorida y evoco la cantidad de buenos momentos que hemos pasado juntos en la montaña. ¿Qué pasa? ¿Qué hay de malo?».

Ahora miro mis gatos convalecientes, supervivientes de batalla, hechos ya a mis propios pies como una extensión de “mi cuerpo físico o del psíquico” y siento una “ilógica conexion sentimental y afectiva” hacia ellos.

Pero… ¿qué hay de malo?

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