El ruido silencioso de las cumbres

Esta semana nos fuimos a la sierra de ruta. Era la primera ruta que buscaba y preparaba yo y la noche anterior apenas pude dormir. Ese día llegué muy excitada del roco. Me desperté varias veces de madrugada, con el cerebro a mil por hora pensando en los blokes. Me venían los pasos a la cabeza, como un rompecabezas, y me imaginaba a mí misma en la pared probando nuevas combinaciones. Intenté respirar hondo y relajarme, pero entonces pensaba en la ruta y volvía a excitarme de nuevo. Recordé los relatos que he leído sobre montañeros insomnes la noche anterior de emprender su travesía y traté de recrearme, e incluso disfrutar de esa pequeña ansiedad que le sobreviene a una ante los grandes acontecimientos. A punto estuve de levantarme varias veces, pero pensé que sería mejor dormir para recuperarme del esfuerzo y estar fresca para el día. Tuve que esforzarme un poco más y reconducir mi mente hacia otro lugar para poder conciliar el sueño. Imaginé entonces algo muy diferente y dejé que mi mente se perdiera en la fantasía de la disolución del cuerpo junto a otro cuerpo. Solo entonces, arrullada por las montañas, y apretujada entre unos brazos no presentes, casi líquidos, pude al fin dormir.

Al día siguiente empezamos a caminar temprano, la ruta asciende primero por la vieja calzada romana, atraviesa luego una pradera, después un camino de tierra, y se adentra de nuevo en el bosque que, seguido de forma ascendente por un recorrido estrecho y rodeado de arbustos que no sé identificar, conduce hasta un collado, un vasto espacio regentado por las cumbres colindantes y aún cubierto parcialmente de nieve. No obstante, antes de llegar hasta allí, nos desviamos por un camino equivocado y tras unos 10 minutos caminando con cuidado entre rocas y suelo congelado, nos damos cuenta de que tenemos que desandar lo andando, aunque, a cambio, la equivocación nos permite disfrutar de unas vistas espectaculares de la sierra. Ya en el collado comemos un bocadillo y descansamos tumbados sobre una roca antes de descender. Hablamos sobre el silencio, aunque no es silencio lo que hay allí arriba: se escuchan pájaros, el rumor del viento, crujidos entre la maleza… sin embargo, parece que el cerebro acostumbrado al ruido urbano registra esos sonidos como silencio.

De vuelta en casa repaso la ruta y descubro que me confundí un poco interpretando la guía y no llegamos hasta el punto último del recorrido, que no era el collado si no un cerro situado tan solo unos metros más arriba. “Guía de montaña de pacotilla”, pienso. Pero enseguida reconduzco el pensamiento criticón y me doy cuenta de qué da igual no haber llegado al cerro, y que quizás es incluso mejor: así podremos volver y será una oportunidad para conocer mejor esa ruta y quizás fijarme en cosas diferentes o que pasé desapercibidas por ir concentrada en encontrar el camino correcto. Además, esa noche es muy diferente a la anterior, me invade el cuerpo un cansancio y una paz que hacía mucho no experimentaba, cuando termino de leer sobre el recorrido, empleo las pocas energías que me quedan en comer algo, ducharme y lavarme los dientes para después meterme en la cama y caer sin dificultad en un sueño profundísimo, esta vez, sin pensar en absolutamente nada, como si mi mente se hubiera impregnado de ese ruido silencioso que habita en las cumbres. 

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