Prestar más atención

Amanece lluvioso y yo casi no me puedo levantar de la cama del cansancio y sueño acumulados. Ayer pasé algo de miedo en el rocódromo, creo que es la primera vez que siento miedo “de haberme hecho algo” y me despierto con eso en la cabeza. Estaba haciendo un bloque marcado con esparadrapo, lo que significa que los profes ponen bloques diferentes, que van cambiando, entre los propiamente equipados de colores. Es una de las ventajas de las paredes llenas de presas, como las que tiene La Sala del Tiempo, y que son tan escasas en los rocos de ahora. Otra de las ventajas es que un mismo bloque sirve para distintos niveles, para ello utilizan dobles esparadrapos o esparadrapos con una línea negra pintada en el centro, que marcan presas de ayuda o inicios o finales alternativos según las necesidades.

Ayer estaba haciendo uno de esos bloques, nuestro grupo podía usar todas las presas marcadas con esparadrapo, pero otra compañera y yo estábamos utilizando solo las marcadas con esparadrapos blancos simples o dobles y en pie-mano, lo que significa que solo puedes usar como pies las presas que has usado previamente como manos. Este bloque recorría media pared hasta lo alto del panel. El comienzo era relativamente sencillo y luego iba en ascenso atravesando un ligero desplome -a mi juicio el punto más conflictivo- y, una vez pasado eso, las presas superiores eran muy buenas, así que, salvo por el miedo a la altura, no tenía por qué presentar mayor dificultad. Sin embargo, fue en ese punto en el que me lié.

Estando allá arriba y pensando solo en tocar el top, olvidé la existencia de una presa para el pie, y estuve varios minutos cambiando el cuerpo de posición tratando de descifrar el último paso. Pero lo que desde el suelo es más o menos sencillo, cuando estás agarrada a una regleta a varios metros del suelo, no lo es tanto. Desde abajo, mis compañeros me gritaban cosas que no escuchaba, sus voces me llegaban mezcladas: “Izquierda, la verde, en el pie… Lau, Lau… izquierda…”. En esas, metí un talón en uno de los cazos que tenía a la altura de mi cintura, y me quedé completamente horizontal al suelo, lo que me alejó aún más de mi ansiado final. Desde ahí, a la desesperada, intenté impulsarme en dinámico hasta lo alto del panel, pero supongo que la opción no era la más acertada y, además, ya estaba cansada, así que rocé apenas el borde del panel con la yema de los dedos, sin llegar a agarrarme, y me caí a plomo y de espaldas contra el suelo.

No me dio tiempo a modificar la trayectoria, ni a pensar en cómo caer. La gravedad es brutalmente poderosa. Al impactar contra la colchoneta noté una sensación recorriéndome la parte alta de la espalda, no era dolor, sino como si la fuerza del impacto, su energía, me atravesara por dentro. Al instante siguiente, todos mis compañeros, que habían tratado de portearme desde abajo, estaban a mi alrededor, como si me encontrara en la sala de reanimación de un quirófano, preguntándome: “¿Estás bien?”. “Creo que sí”, respondí. Porque no sabía si lo estaba. Me levanté con cuidado y moví el cuello esperando sentir dolor, pero solo sentí una ligera molestia. El resto de la clase la pasé valorando el estado de mi cuello. No podía creer que no me doliera nada, pero, a pesar de ello, no conseguí sacudirme el susto del cuerpo.

Volví a casa pensando en la caída, pensando en el relato de Lynn Hill en el que cuenta cómo se cayó desde el descuelgue de una vía de 20 metros por no haber hecho bien el nudo de su arnés. Pensando en la reportera que le dice: “Es peligroso, podrías haber muerto”; en ella respondiendo: “La vida es peligrosa, todos vamos a morir”. En ella en el hospital después de aquella caída que le podría haber costado la vida preocupada por si no iba a poder escalar nunca más…

Ya en casa busqué en internet consejos para “caer bien” y “portear bien”. Me da tanto miedo caer mal, como no saber portear a un compañero correctamente. En uno de los artículos decían que cuando se está en una posición en la que se va a caer mal y no se ven las cosas claras, es mejor detenerse y volverlo a intentar de nuevo. Al leerlo me sentí mal. Llevo semanas proponiéndome escalar con más consciencia, pensar bien los movimientos, no ir a lo loco, agarrar las presas con determinación y delicadeza… y, a veces lo consigo, pero, otras, sobre todo cuando el final del bloque está tan cerca, me ciego. Mi mala caída se produjo por no prestar atención, por “olvidar” una presa, quizás por no haberme tomado el tiempo suficiente para leer bien el bloque desde abajo, y por ser impaciente.

Esa obcecación, unida a la capacidad de asumir riesgos -que no sabía que poseía-, no tiene por qué ser necesariamente negativa, de hecho, creo que puede ser positiva en ciertos momentos, pero puede volverse en contra de una misma cuando se superpone a la responsabilidad y la prudencia. Aún así, creo que es natural que toda escaladora se enfrente en algún momento consigo misma a nivel mental, con sus miedos, sus inseguridades y sus impaciencias, y supongo que es mejor hacerlo en un entorno medianamente controlado, como en una clase del roco, que en una vía de 20 metros. Como escribe Hill: “Estar a punto de perder la vida en un momento de descuido, me hizo darme cuenta de que tenía que prestar más atención”.

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