Había que rasparse las manos

Nos salimos del camino porque somos así, como cabras, y, de repente, barro, mucho barro. Lo que parecía pradera firme era en realidad un lodazal. Seguimos porque darse la vuelta a esas alturas parece peor opción y un poco más adelante es posible reconectar con el camino. Al poco rato una pareja se nos cruza en sentido contrario, tienen barro hasta las rodillas, se vuelven porque es “imposible continuar sin empaparse”. Nos detenemos y valoramos el terreno. Unos metros más allá hay una pared rocosa. Miradas cómplices. ¿Y si intentamos pasar trepando? Las rocas pueden ser barrera u oportunidad/reto/vía de acceso, todo depende de la perspectiva de quien mira. De repente tenemos una nueva opción: lodazal, dar la vuelta o intentar salvar las rocas. Sin dudarlo mucho tiramos hacia las rocas con una pizquita de emoción en las tripas. ¿No es esa la pura esencia de la escalada -pienso-, poder moverse en el terreno cotidiano? Total, que comenzamos a trepar y resulta que, para sorpresa nuestra, justo encima de las rocas encontramos un senderito que conecta directamente con el camino principal. El sendero secundario no se veía si no trepabas las rocas. Si no trepabas las rocas, todo parecía lodazal. Había que pisar el barro, tomar un atajo y rasparse las manos un poco para volver al camino, pero el camino estaba ahí, justo delante.

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