¿Existe la soledad?

¿Existe la soledad? ¿Existe la soledad entendida como la ausencia de lo otro, de lo otro humano? O, en cambio, como dice O., ¿lo humano impregna hasta los lugares a los que acudimos para escapar de lo humano? Como el monte en el que hay trazados caminos, señales, desperdicios… ¿Podría decir que estoy realmente sola con la roca si sobre sus pliegues permanece la huella del magnesio de los que llegaron antes? ¿Parte del vacío existencial moderno se debe a la muerte de la soledad en su sentido estricto? ¿Es por eso que realizamos el esfuerzo constante de ajustar el encuadre de la foto para que no aparezcan más personas alrededor? ¿Es esa la máxima expresión de la búsqueda de la soledad moderna: una imagen en la que tratamos de eliminar al otro para que sobresalga el yo? Pero todos somos yo y otro al mismo tiempo. Yo soy el otro para mi otro. Yo soy el otro que el otro busca eliminar de su encuadre. Si la soledad es la ausencia del otro, la soledad no existe. La soledad tiene que ser otra cosa.

El ruido silencioso de las cumbres

Esta semana nos fuimos a la sierra de ruta. Era la primera ruta que buscaba y preparaba yo y la noche anterior apenas pude dormir. Ese día llegué muy excitada del roco. Me desperté varias veces de madrugada, con el cerebro a mil por hora pensando en los blokes. Me venían los pasos a la cabeza, como un rompecabezas, y me imaginaba a mí misma en la pared probando nuevas combinaciones. Intenté respirar hondo y relajarme, pero entonces pensaba en la ruta y volvía a excitarme de nuevo. Recordé los relatos que he leído sobre montañeros insomnes la noche anterior de emprender su travesía y traté de recrearme, e incluso disfrutar de esa pequeña ansiedad que le sobreviene a una ante los grandes acontecimientos. A punto estuve de levantarme varias veces, pero pensé que sería mejor dormir para recuperarme del esfuerzo y estar fresca para el día. Tuve que esforzarme un poco más y reconducir mi mente hacia otro lugar para poder conciliar el sueño. Imaginé entonces algo muy diferente y dejé que mi mente se perdiera en la fantasía de la disolución del cuerpo junto a otro cuerpo. Solo entonces, arrullada por las montañas, y apretujada entre unos brazos no presentes, casi líquidos, pude al fin dormir.

Al día siguiente empezamos a caminar temprano, la ruta asciende primero por la vieja calzada romana, atraviesa luego una pradera, después un camino de tierra, y se adentra de nuevo en el bosque que, seguido de forma ascendente por un recorrido estrecho y rodeado de arbustos que no sé identificar, conduce hasta un collado, un vasto espacio regentado por las cumbres colindantes y aún cubierto parcialmente de nieve. No obstante, antes de llegar hasta allí, nos desviamos por un camino equivocado y tras unos 10 minutos caminando con cuidado entre rocas y suelo congelado, nos damos cuenta de que tenemos que desandar lo andando, aunque, a cambio, la equivocación nos permite disfrutar de unas vistas espectaculares de la sierra. Ya en el collado comemos un bocadillo y descansamos tumbados sobre una roca antes de descender. Hablamos sobre el silencio, aunque no es silencio lo que hay allí arriba: se escuchan pájaros, el rumor del viento, crujidos entre la maleza… sin embargo, parece que el cerebro acostumbrado al ruido urbano registra esos sonidos como silencio.

De vuelta en casa repaso la ruta y descubro que me confundí un poco interpretando la guía y no llegamos hasta el punto último del recorrido, que no era el collado si no un cerro situado tan solo unos metros más arriba. “Guía de montaña de pacotilla”, pienso. Pero enseguida reconduzco el pensamiento criticón y me doy cuenta de qué da igual no haber llegado al cerro, y que quizás es incluso mejor: así podremos volver y será una oportunidad para conocer mejor esa ruta y quizás fijarme en cosas diferentes o que pasé desapercibidas por ir concentrada en encontrar el camino correcto. Además, esa noche es muy diferente a la anterior, me invade el cuerpo un cansancio y una paz que hacía mucho no experimentaba, cuando termino de leer sobre el recorrido, empleo las pocas energías que me quedan en comer algo, ducharme y lavarme los dientes para después meterme en la cama y caer sin dificultad en un sueño profundísimo, esta vez, sin pensar en absolutamente nada, como si mi mente se hubiera impregnado de ese ruido silencioso que habita en las cumbres. 

“Allí va todo el mundo”

Ayer leí el relato de un alpinista que subió hace unos años al Mont Blanc, acompañaba el texto de imágenes y detalles de cada tramo, desde Chamonix hasta la misma cumbre, con explicaciones detalladas de qué esperar y con qué tener cuidado. Estuve un buen rato viendo todas las imágenes que Google me mostró de diferentes ascensiones, pero no logré saciar mi curiosidad. Busqué después la web del refugio du Goûter, que es el último punto de descanso antes de culminar la ascensión. La página recoge las tarifas: la noche son 65 pavos para no federados, le petit-déjeuner casi 20, y le repas du soir el doble. Además, especifican las normas para emprender la ascensión: L’ascension du mont Blanc est un itinéraire de haute montagne réservé à des alpinistes expérimentés. Il est indispensable d’être préparé, entraîné et équipé. Cotilleé la web como si estuviera preparando mi propia expedición, sabiendo que no lo haré nunca. Si me imagino subiendo una cumbre de estas características, mi mente lo romantiza en exceso y evoca relatos como el de Henriette d’Angeville en 1838. Pero hoy no sería así. Los satélites ya nos permiten ver exactamente cómo es el terreno y existen cientos de imágenes del lugar al que vamos a ir. Según leí, la Dame Blanche se convierte cada verano en un peregrinaje, igual que ocurre con otros picos famosos, con cientos de ¿alpinistes expérimentés? que se suceden en una cola interminable hasta la cumbre; además, el cambio climático parece estar terminando con varias de las rutas posibles, y muchos de los tramos de la que es más habitual se encuentran comprometidos y los desprendimientos de rocas son cada vez más frecuentes. Una amiga me contaba hace unos días que siempre quiso subir el Cervino, y que, cuando se lo contó entusiasmada a un amigo suizo, éste le espetó: “¿El Matterhorn? ¡Pero si allí va todo el mundo!”. Y es que ahora va “todo el mundo” a todas partes. Así que poco nos quedará por explorar si nuestra ansia de exploración bebe de “conquistar tierras vírgenes” y lejanas, pues ya nos hemos encargado durante siglos de “desvirgar” todas las tierras posibles. Días antes de esta mini investigación, estuve buscando rutas para hacer en la sierra de Guadarrama, tierra cercana, pero casi enteramente desconocida para mí pese a su aparente asequibilidad. Me pregunto, ¿aspiro al Mont Blanc, o seré en cambio capaz de desprenderme del ansia de conquista, romantizar el camino por mi sierra local, hacer de lo cercano una gran expedición, afanarme por conocer su flora y fauna, y sacralizar el bocata con el fiambre sudado y el refresco al finalizar el día como si fuera el mejor repas du soir posible?

Los objetos queridos

Leo un capítulo de La virtud de la montaña en contra del desapego, del desechar y de la obsolescencia programada. Dice «todos podríamos enumerar una lista de cuatro o cinco objetos de los que solo nos desprenderíamos experimentando un desgarro emocional de cierta intensidad». Y añade: «Los objetos muy queridos se convierten de hecho de algún modo en extensiones del propio cuerpo. Serge Tisseron dice en su libro Comment l’espirit vient aux objects que aunque ‘hay pocos objetos que sean percibidos como partes del cuerpo físico, todos pueden ser percibidos como partes del cuerpo psíquico’. Nos damos cuenta de ello cuando extraviamos un objeto querido: sentimos entonces una fractura anímica insoportable por más que nos ofrezcan otro igual».

El texto me recuerda a una anécdota reciente:

Estaba yo hace un par de meses sentada en el suelo del roco descansando entre pegue y pegue cuando el profe se me acercó y me dijo:

-“¿Sabes que tus gatos se van a romper?”.

La mirada que le dirigí debió de ser entre perpleja y alarmada: “¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo?”, respondí.

Señaló entonces con el dedo una pequeña grieta en la punta del derecho: “¿Ves?”, y siguió con su ensañamiento: “De hecho, mira, te has comido toda la punta, si sigue así se hará un agujero”.

Ante mi -supongo- evidente cara de pavor trató de calmarme: “Pero es buena señal, significa que estás anulando mucho…”.

-“¿Y qué hago?”, le dije.

-“No sé, eso depende de ti, puedes arreglarlos o seguir hasta que se rompan…”.

-“¿Como que seguir hasta que se rompan? -le interrumpí-. “No quiero que se rompan, ¡dime qué hacer!”, le supliqué.

En ese momento varios compañeros se sumaron al debate: “Recauchútalos, quedarán bien”, decía uno. “Sí, pero ya no es lo mismo”, decía otro. “Yo los arreglaría… ”, zanjó el profe.

Esa misma tarde se los dejé “al señor que arregla los gatos”. Cuando le vi cogerlos, guardarlos en su bolsa y marcharse, me quedé de pie unos instantes con la mirada perdida. Ese fue “el momento justo en el que me rompieron el corazón”.

El profe que había gestionado la reparacion y presenciado la escena se me quedó entonces mirando y me preguntó:

-“¿Estás bien…?”.

-“Sí…”, respondí dubativa. “Pero… mis gatos…”, añadí como una niña a la que le acaban de arrebatar un peluche para coserle la oreja.

Me miró, sonrió y añadió: “Con los primeros siempre pasa eso, pero van a quedar genial”.

Durante las semanas siguientes varias personas estaban ya al tanto de mi pequeño drama personal. Entretanto me regalaron otros gatos, y seguí escalando hasta que, un buen día, se me acercó el profe diciendo: “¡Han llegado tus gatos! ¡Y me han dicho que estos han quedado especialmente bien!” No sé si era cierto o era tan solo una de esas frases que se le dicen a los niños para calmarlos, pero estaban tan bonitos que tardé varios días en volver a usarlos.

Dice Juanjo Garbizu en “Monterapia”: «Me cuesta mucho desprenderme totalmente de mi viejo material de montaña, ya que siento una ilógica conexión sentimental y afectiva con él. Sentimientos que forman parte de nuestro irracional más absurdo. Miro mis viejas botas o la chaqueta descolorida y evoco la cantidad de buenos momentos que hemos pasado juntos en la montaña. ¿Qué pasa? ¿Qué hay de malo?».

Ahora miro mis gatos convalecientes, supervivientes de batalla, hechos ya a mis propios pies como una extensión de “mi cuerpo físico o del psíquico” y siento una “ilógica conexion sentimental y afectiva” hacia ellos.

Pero… ¿qué hay de malo?

La voz del ego

En la clase de francés de esta semana hicimos un test que decía «Avez-vous déjà practiqué un sport à risque? (¿Has practicado algún deporte de riesgo?)», marqué la primera respuesta: «Oui, j’ai sauté en parachute / fait de la plongée sous-marine / fait de l’escalade (Sí, he hecho salto en paracaídas / submarinismo / escalada)». Hace años habría marcado: «Non, je déteste prendre des risques (No, detesto correr riesgos)». Se podría decir que escalando me siento en riesgo de forma continua, sobre todo a medida que aumenta la altura, pero es un riesgo en cierto modo controlado porque no dejo de estar en contacto directo con el medio que me sostiene. Y es un anclaje que da seguridad, aunque sepa que eso no evita la caída. Se podría decir que me siento continuamente “al límite del riesgo”. El mayor riesgo lo siento durante los segundos que cambio de pie y la presa siguiente parece inalcanzable, o cuando los dedos agotados me tiemblan y el suelo está a más de dos metros. Pero entonces alguien desde abajo me grita: “¡Va, dale, ya lo tienes!”, y confío plenamente en esa voz que en realidad no asegura nada, me aferro a ella como si fuera cuerda. Es una ilusión infantil, la de creer que estás a salvo porque otros te acompañan. O quizás esa compañía actúe como un asegurador real porque afianza la confianza. Hay blokes que los hago de principio a fin con la certeza de que me voy a caer y, cuando no lo hago, me entra la risa. Luego tomo aire, suspiro y pienso: “Uf. Por los pelos. A ver la próxima”. E, inmediatamente, anhelo la próxima. Palpar el nuevo borde del nuevo límite. ¿Por qué? No lo sé. Es decir, sé que hay una respuesta química, la adrenalina, la dopamina… y un marco social o cultural donde se potencia el “superarse”, pero no es esa la respuesta que busco. Podría limitarme a decir que es divertido, que me gusta, y eso es todo, pero necesito ir más allá y no sé si es una necesidad que debo alimentar -la de ir más allá- o si debería dejarlo estar, no darle más vueltas. ¿Por qué escalo? ¿Tiene que haber un por qué? ¿Por qué estoy tan empeñada en encontrarlo? Creo es porque busco una respuesta que me muestre algo sobre mí, sobre mi identidad. No puedo limitarme a ser, sino que busco saber qué soy, por qué soy. Y esa es la voz del ego.

Lo que parece estático

Cada articulación del cuerpo es capaz de realizar uno o varios movimientos, pero la unión de todos ellos permite moverse por el espacio de formas muy variadas. No obstante, a medida que crecemos dejamos de movernos y la mayoría de las personas adultas realizan la misma serie de movimientos de forma repetida: levantarse, sentarse, andar, correr, agacharse, saltar… El deporte, sea el que sea, amplía ese abanico. Es un aprendizaje que implica a todo el sistema nervioso y aparato locomotor, y supongo que a más sistemas y aparatos de los que soy menos consciente. Cada vez que me he enfrentado a una nueva práctica o deporte me he sentido torpe e incapaz. Intelectualmente entiendo lo que se me pide, pero mi cuerpo no puede hacerlo. Me pasó al empezar a hacer yoga y al boxear, y mucho más al escalar. En las primeras clases de escalada me sentía como Neo cuando visita Matrix por primera vez y ve lo que los demás pueden hacer. Sin embargo, a base de repetición, el cuerpo empieza a empaparse de ese conocimiento y el cerebro se vuelve capaz de enviar los impulsos nerviosos necesarios al lugar requerido. Ese aprendizaje corporal se va perfeccionando hasta que el cerebro y el cuerpo entran en un estado de armonía en el que ya no es necesario pensar lo que se hace, sino que se hace sin más, et voilà, el conocimiento se integra como si fuera la actualización de un videojuego, aunque en ocasiones lo haga al ritmo de un Windows XP y haya que confiar en que la barrita azul sigue subiendo… A través del movimiento nos relacionamos con el espacio, y a medida que aprendemos a movernos el espacio también parece cambiar. Lo que parece estático no lo es. Lo que parece imposible no -siempre- lo es. Realmente se siente como si vieras la programación de Matrix en las paredes.

Montañas cotidianas

Me acuesto leyendo historias de alpinistas, piolets, ventiscas y extremidades congeladas. Un poco antes hablo con F. sobre la alerta por helada en Madrid tras la nevada de los últimos días. La conversación surge a raíz de un artículo que ofrece una serie de recomendaciones para proteger las casas: aislar ventanas, cubrir cañerías, o reunir a toda la familia en una sola estancia -quien viva acompañado, pienso; quien tenga varias estancias, quien tenga casa, pienso -.

Ya metida en la cama leo la historia de la caótica ascensión de Anne Peck al Huascarán en Perú a principios del siglo XX (“Cuerdas rebeldes”, Arantza López Marugán). El texto dice que los manuales de la época especificaban que las mujeres debían llevar “falda larga hasta más allá de la línea de nieve y, debajo, unos pantalones anchos”, que solo quedarían al descubierto cuando la falda comenzase a resultar incómoda -¿comenzase?, pienso-. También dice: “Peck descubre que la montaña es un deporte que requiere grandes cantidades de dinero…”.

Hace unos días, justo cuando comenzó a nevar, A. y yo entramos en una tienda de artículos y prendas de escalada, primero bromeamos sobre la necesidad de hacernos con unos piolets de “la sección trotska”, y luego nos detuvimos frente a las zapatillas de montaña y ropa térmica. Al ver los precios de todo aquel material recordé otras de las historias del libro, una sobre la condesa Henriette D’Angeville en el Mont Blanc, otra sobre Gertrude Bell en Finsteraarhorn, las dos pertenecientes a la alta sociedad, condición indispensable no para hacer alpinismo, sino para ser considerada alpinista. Es decir, las mujeres han subido montes desde siempre, pero esas subidas cotidianas, rurales, no entraron dentro de la categoría “alpinismo”.

Pero anoche, como digo, leía sobre Anne Peck en Perú, la autora dice: “En pocos segundos, Anne descubre que tiene las manos completamente moradas, es decir, está a un paso de la congelación. Siguiendo la costumbre de la época, coge un poco de nieve y frota con decisión sus manos insensibles; al poco, nota un dolor espantoso en las puntas de los dedos que le salpican los ojos de lágrimas. Su sangre volvía a circular…”

El relato conecta con un hilo de Twitter que leí hace unos días sobre el fenómeno de la personas -muchas montañeras- que se desnudan o rechazan ser abrigadas cuando sufren hipotermia. De forma resumida, lo que ocurre es que al descender la temperatura del cuerpo de forma drástica los vasos sanguíneos de las extremidades se contraen y la sangre se retira para proteger los órganos internos. Sin embargo, el proceso de mantener los vasos contraídos requiere de altas dosis de energía, por lo que al cabo de un tiempo se relajan, momento en el que toda la sangre caliente del tronco retorna a las extremidades semicongeladas produciendo una sensación de quemazón o intenso calor.

Finalmente, la ascensión de Peck se hace imposible por las condiciones meteorológicas. Uno de los guías sufre alucinaciones por la deshidratación, el frío y la altura, y no quiere ponerse los guantes. Pienso en Abe Simpson y en su pobre compañero de alpinismo con un mordisco en el brazo. Aunque es tarde, dedicen comenzar a descender. Van muy despacio. Peck tropieza con la nieve, se cae varias veces. Los glaciares amenazan con engullirles. Tras más de 20 horas sin descanso, ni alimento, llegan al campo base donde duermen 24 horas seguidas. Al guía le tienen que amputar las dos manos gangrenadas por la congelación.

Termino de leer y permanezco unos segundos tumbada en la cama, la manta eléctrica en la espalda, la manta de lana en los pies, la persiana bajada y las cortinas corridas para evitar la helada madrileña, y me quedo dormida imaginando que mi habitación es una tienda de campaña y que estoy en un risco nevado en el que no sé si realmente querría estar porque no quiero perder una mano, ni que me coman el brazo. Puede que lo mío sean las rocas bajitas, las cumbres asequibles, las montañas cotidianas.

Estado de fluidez

Cuando llego a casa después de escalar le escribo un WhatsApp a una amiga, es una línea escueta y tras ella decido poner un punto final para que entienda la contundencia con la que lo digo: “Te eché de menos.” Creo que una característica que hace que la escalada sea tan adictiva es que te lleva rápidamente al estado que llaman de “fluidez” y, desde mi experiencia, lo hace mucho más rápido que otras prácticas o deportes que haya podido probar anteriormente. La escalada es como pincharse fluidez con una aguja hipodérmica. Además, tiene la particularidad de ser una fluidez compartida. La persona que está en la pared no está sola, aunque esté desarrollando la actividad, disfrutando del chute, en aparente soledad, en realidad está compartiendo ese instante con las personas con las que escala. El fracaso o triunfo es colectivo y la emoción que se siente al ver a la compañera/o conseguir su propósito es parecida a la que siente una cuando lo logra. Esta idea me viene mientras leo a Antonio J. Rodríguez reflexionar sobre el lujo: “Invertir en lujos implica vivir peligrosamente, y vivir peligrosamente es lo que más conciencia nos hace tener de nuestra propia vida, por tanto, es una de las cosas que nos hace sentir vivos”. Escalar nos hace sentir vivas, pienso, ergo, escalar es un lujo. Sus palabras me recuerdan a otras de Annie Ernaux: “Cuando era niña, para mí el lujo eran los abrigos de pelos, los vestidos de noche y las mansiones a orillas del mar. Más adelante, creí que consistía en llevar una vida intelectual. Ahora me parece que consiste también en poder vivir una pasión por un hombre o una mujer”. Entonces pienso que escalar es un lujo porque nos hace sentir vivas y también porque nos permite experimentar un tipo de pasión. Puede que el colmo del lujo sea compartir esa pasión con alguien con quien resulte sencillo y natural alcanzar el estado de fluidez.

Es aquí donde estáis todas

Anoche me acosté pensando que no quiero redes sociales, quiero un blog, pero los blogs no se leen, ya nadie lee blogs. Anoche abrí este blog, pero no publiqué nada. Al instante de abrirlo lo vi un sinsentido, totalmente pasado de moda, totalmente “old fashion”. El blog tiene algo que no tienen las redes, quizás es la posibilidad de editar su forma y color. O el proceso de entrar, darle a “nuevo post” y comenzar a escribir. Quizás es solo nostalgia. Un blog hospedado en una plataforma tipo WordPress no es anarquía, pero en comparación con la cerradez y tiranía de facebooks e instagrams casi parece el colmo de la utopía. Hace unos días Erika Irusta se quejaba en su Instagram de Instagram y de la tiranía de Instagram, reconocía la incoherencia, pero es que “es aquí donde estáis todas”, decía. Se preguntaba “cómo hemos llegado hasta aquí”. Ha sido rápido. Nos dejamos seducir enseguida por el atractivo vacuo y cuando quisimos despertar descubrimos que somos completamente yonkis y dependientes de la dosis siguiente. Decía también que quizás deberíamos crear otros espacios, rebelarnos. Me recordó a una conferencia en la que estuve hace años de unas “feministas hackers” que no usaban las “redes top” y animaban a la gente a instruirse en el código abierto y esas cosas. A mí siempre me ha gustado sentirme “hacker”, pensé. Hacker de pacotilla. Como cuando usábamos Linux en el cole. Como cuando me sumé a la editatona de Wikipedia. Pero al final… la pereza, y la desidia y el “ya lo haremos algún día” sumado al sentimiento inoculado de que es muy complicado hacerlo. Hay quienes se preguntan ya si la realidad digital no es ya realidad en sí misma. Me pregunto qué tipo de subjetividades estamos potenciando y creando tan solo al aceptar ser la mercancía de grandes corporaciones que se alimentan de nuestros pensamientos, de nuestra rabia, de nuestra tristeza, de nuestros deseos. No me gustan las condiciones de las “redes top”, menos me gustan sus dinámicas. La dinámica máquina-tragaperras, la dinámica de la hiperdisponibilidad, la dinámica del like-ostracismo, la dinámica de la autopromoción… Es como una relación de pareja tóxica: te quedas porque hay cosas que molan y dan dopamina, pero la mayor parte del tiempo apesta. “Pero está todo el mundo aquí”, y yo quiero hablar. La razón de por qué quiero hablar, compartir, o ver es otro tema. Hace poco también leí una columna que decía algo así como que, en medio de tantos relatos apocalípticos, entre tanta distopía, por qué no aspirar a la utopía. Por qué no imaginar otros mundos posibles. Imaginar permite construir, es la antesala del pasar a la acción. Y yo quiero otros mundos posibles, muchas lo queremos. Quiero monte y cuerpos no colonizados, no cercados, cuidados mutuos, responsabilidad afectiva… Y no quiero abusos ni en mi casa, ni en la plaza, ya sea la del barrio o la de la nube.

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