Lo que parece estático

Cada articulación del cuerpo es capaz de realizar uno o varios movimientos, pero la unión de todos ellos permite moverse por el espacio de formas muy variadas. No obstante, a medida que crecemos dejamos de movernos y la mayoría de las personas adultas realizan la misma serie de movimientos de forma repetida: levantarse, sentarse, andar, correr, agacharse, saltar… El deporte, sea el que sea, amplía ese abanico. Es un aprendizaje que implica a todo el sistema nervioso y aparato locomotor, y supongo que a más sistemas y aparatos de los que soy menos consciente. Cada vez que me he enfrentado a una nueva práctica o deporte me he sentido torpe e incapaz. Intelectualmente entiendo lo que se me pide, pero mi cuerpo no puede hacerlo. Me pasó al empezar a hacer yoga y al boxear, y mucho más al escalar. En las primeras clases de escalada me sentía como Neo cuando visita Matrix por primera vez y ve lo que los demás pueden hacer. Sin embargo, a base de repetición, el cuerpo empieza a empaparse de ese conocimiento y el cerebro se vuelve capaz de enviar los impulsos nerviosos necesarios al lugar requerido. Ese aprendizaje corporal se va perfeccionando hasta que el cerebro y el cuerpo entran en un estado de armonía en el que ya no es necesario pensar lo que se hace, sino que se hace sin más, et voilà, el conocimiento se integra como si fuera la actualización de un videojuego, aunque en ocasiones lo haga al ritmo de un Windows XP y haya que confiar en que la barrita azul sigue subiendo… A través del movimiento nos relacionamos con el espacio, y a medida que aprendemos a movernos el espacio también parece cambiar. Lo que parece estático no lo es. Lo que parece imposible no -siempre- lo es. Realmente se siente como si vieras la programación de Matrix en las paredes.

Montañas cotidianas

Me acuesto leyendo historias de alpinistas, piolets, ventiscas y extremidades congeladas. Un poco antes hablo con F. sobre la alerta por helada en Madrid tras la nevada de los últimos días. La conversación surge a raíz de un artículo que ofrece una serie de recomendaciones para proteger las casas: aislar ventanas, cubrir cañerías, o reunir a toda la familia en una sola estancia -quien viva acompañado, pienso; quien tenga varias estancias, quien tenga casa, pienso -.

Ya metida en la cama leo la historia de la caótica ascensión de Anne Peck al Huascarán en Perú a principios del siglo XX (“Cuerdas rebeldes”, Arantza López Marugán). El texto dice que los manuales de la época especificaban que las mujeres debían llevar “falda larga hasta más allá de la línea de nieve y, debajo, unos pantalones anchos”, que solo quedarían al descubierto cuando la falda comenzase a resultar incómoda -¿comenzase?, pienso-. También dice: “Peck descubre que la montaña es un deporte que requiere grandes cantidades de dinero…”.

Hace unos días, justo cuando comenzó a nevar, A. y yo entramos en una tienda de artículos y prendas de escalada, primero bromeamos sobre la necesidad de hacernos con unos piolets de “la sección trotska”, y luego nos detuvimos frente a las zapatillas de montaña y ropa térmica. Al ver los precios de todo aquel material recordé otras de las historias del libro, una sobre la condesa Henriette D’Angeville en el Mont Blanc, otra sobre Gertrude Bell en Finsteraarhorn, las dos pertenecientes a la alta sociedad, condición indispensable no para hacer alpinismo, sino para ser considerada alpinista. Es decir, las mujeres han subido montes desde siempre, pero esas subidas cotidianas, rurales, no entraron dentro de la categoría “alpinismo”.

Pero anoche, como digo, leía sobre Anne Peck en Perú, la autora dice: “En pocos segundos, Anne descubre que tiene las manos completamente moradas, es decir, está a un paso de la congelación. Siguiendo la costumbre de la época, coge un poco de nieve y frota con decisión sus manos insensibles; al poco, nota un dolor espantoso en las puntas de los dedos que le salpican los ojos de lágrimas. Su sangre volvía a circular…”

El relato conecta con un hilo de Twitter que leí hace unos días sobre el fenómeno de la personas -muchas montañeras- que se desnudan o rechazan ser abrigadas cuando sufren hipotermia. De forma resumida, lo que ocurre es que al descender la temperatura del cuerpo de forma drástica los vasos sanguíneos de las extremidades se contraen y la sangre se retira para proteger los órganos internos. Sin embargo, el proceso de mantener los vasos contraídos requiere de altas dosis de energía, por lo que al cabo de un tiempo se relajan, momento en el que toda la sangre caliente del tronco retorna a las extremidades semicongeladas produciendo una sensación de quemazón o intenso calor.

Finalmente, la ascensión de Peck se hace imposible por las condiciones meteorológicas. Uno de los guías sufre alucinaciones por la deshidratación, el frío y la altura, y no quiere ponerse los guantes. Pienso en Abe Simpson y en su pobre compañero de alpinismo con un mordisco en el brazo. Aunque es tarde, dedicen comenzar a descender. Van muy despacio. Peck tropieza con la nieve, se cae varias veces. Los glaciares amenazan con engullirles. Tras más de 20 horas sin descanso, ni alimento, llegan al campo base donde duermen 24 horas seguidas. Al guía le tienen que amputar las dos manos gangrenadas por la congelación.

Termino de leer y permanezco unos segundos tumbada en la cama, la manta eléctrica en la espalda, la manta de lana en los pies, la persiana bajada y las cortinas corridas para evitar la helada madrileña, y me quedo dormida imaginando que mi habitación es una tienda de campaña y que estoy en un risco nevado en el que no sé si realmente querría estar porque no quiero perder una mano, ni que me coman el brazo. Puede que lo mío sean las rocas bajitas, las cumbres asequibles, las montañas cotidianas.

Estado de fluidez

Cuando llego a casa después de escalar le escribo un WhatsApp a una amiga, es una línea escueta y tras ella decido poner un punto final para que entienda la contundencia con la que lo digo: “Te eché de menos.” Creo que una característica que hace que la escalada sea tan adictiva es que te lleva rápidamente al estado que llaman de “fluidez” y, desde mi experiencia, lo hace mucho más rápido que otras prácticas o deportes que haya podido probar anteriormente. La escalada es como pincharse fluidez con una aguja hipodérmica. Además, tiene la particularidad de ser una fluidez compartida. La persona que está en la pared no está sola, aunque esté desarrollando la actividad, disfrutando del chute, en aparente soledad, en realidad está compartiendo ese instante con las personas con las que escala. El fracaso o triunfo es colectivo y la emoción que se siente al ver a la compañera/o conseguir su propósito es parecida a la que siente una cuando lo logra. Esta idea me viene mientras leo a Antonio J. Rodríguez reflexionar sobre el lujo: “Invertir en lujos implica vivir peligrosamente, y vivir peligrosamente es lo que más conciencia nos hace tener de nuestra propia vida, por tanto, es una de las cosas que nos hace sentir vivos”. Escalar nos hace sentir vivas, pienso, ergo, escalar es un lujo. Sus palabras me recuerdan a otras de Annie Ernaux: “Cuando era niña, para mí el lujo eran los abrigos de pelos, los vestidos de noche y las mansiones a orillas del mar. Más adelante, creí que consistía en llevar una vida intelectual. Ahora me parece que consiste también en poder vivir una pasión por un hombre o una mujer”. Entonces pienso que escalar es un lujo porque nos hace sentir vivas y también porque nos permite experimentar un tipo de pasión. Puede que el colmo del lujo sea compartir esa pasión con alguien con quien resulte sencillo y natural alcanzar el estado de fluidez.

Es aquí donde estáis todas

Anoche me acosté pensando que no quiero redes sociales, quiero un blog, pero los blogs no se leen, ya nadie lee blogs. Anoche abrí este blog, pero no publiqué nada. Al instante de abrirlo lo vi un sinsentido, totalmente pasado de moda, totalmente “old fashion”. El blog tiene algo que no tienen las redes, quizás es la posibilidad de editar su forma y color. O el proceso de entrar, darle a “nuevo post” y comenzar a escribir. Quizás es solo nostalgia. Un blog hospedado en una plataforma tipo WordPress no es anarquía, pero en comparación con la cerradez y tiranía de facebooks e instagrams casi parece el colmo de la utopía. Hace unos días Erika Irusta se quejaba en su Instagram de Instagram y de la tiranía de Instagram, reconocía la incoherencia, pero es que “es aquí donde estáis todas”, decía. Se preguntaba “cómo hemos llegado hasta aquí”. Ha sido rápido. Nos dejamos seducir enseguida por el atractivo vacuo y cuando quisimos despertar descubrimos que somos completamente yonkis y dependientes de la dosis siguiente. Decía también que quizás deberíamos crear otros espacios, rebelarnos. Me recordó a una conferencia en la que estuve hace años de unas “feministas hackers” que no usaban las “redes top” y animaban a la gente a instruirse en el código abierto y esas cosas. A mí siempre me ha gustado sentirme “hacker”, pensé. Hacker de pacotilla. Como cuando usábamos Linux en el cole. Como cuando me sumé a la editatona de Wikipedia. Pero al final… la pereza, y la desidia y el “ya lo haremos algún día” sumado al sentimiento inoculado de que es muy complicado hacerlo. Hay quienes se preguntan ya si la realidad digital no es ya realidad en sí misma. Me pregunto qué tipo de subjetividades estamos potenciando y creando tan solo al aceptar ser la mercancía de grandes corporaciones que se alimentan de nuestros pensamientos, de nuestra rabia, de nuestra tristeza, de nuestros deseos. No me gustan las condiciones de las “redes top”, menos me gustan sus dinámicas. La dinámica máquina-tragaperras, la dinámica de la hiperdisponibilidad, la dinámica del like-ostracismo, la dinámica de la autopromoción… Es como una relación de pareja tóxica: te quedas porque hay cosas que molan y dan dopamina, pero la mayor parte del tiempo apesta. “Pero está todo el mundo aquí”, y yo quiero hablar. La razón de por qué quiero hablar, compartir, o ver es otro tema. Hace poco también leí una columna que decía algo así como que, en medio de tantos relatos apocalípticos, entre tanta distopía, por qué no aspirar a la utopía. Por qué no imaginar otros mundos posibles. Imaginar permite construir, es la antesala del pasar a la acción. Y yo quiero otros mundos posibles, muchas lo queremos. Quiero monte y cuerpos no colonizados, no cercados, cuidados mutuos, responsabilidad afectiva… Y no quiero abusos ni en mi casa, ni en la plaza, ya sea la del barrio o la de la nube.

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